Martes, 18 de junio, 2019 | 5:33 am

Hedonístico en la globalización



La globalización, que conlleva no solo la génesis intencional de la expansión del modelo económico neoliberal, sino también la deriva del sistema político democrático hacia la emocionalidad, en detrimento de la racionalidad, implica además la adopción, desde el punto de vista de los estilos de vida y las nuevas angustias posmodernas, de conductas y actitudes hedonísticas.

Sin embargo, se trata de un hedonismo que se relaciona de modo paradójico, aunque medular, con formas de pensar y de actuar muy vinculadas al sentimiento pasionario; es decir, a una cosmovisión inserta en la reivindicación del sacrificio, del padecimiento como vida, incluso, como ilusión teleológica.

El hedonismo, cuya raíz etimológica se remonta al término griego “hedoné”, que significa placer, se vuelve doctrina ética y filosofía de vida hacia el siglo IV y III antes de nuestra era, subrayando la concepción del bien, en tanto que principio axiológico, como placer sensorial, inmediato y efímero; único capaz de llevar al individuo al supremo bien. Si se lo asocia al placer sensible, corporal, entonces estamos frente al hedonismo absoluto.

Pero, si se lo asocia con actitudes y convicciones espirituales placenteras, entonces, estamos ante el hedonismo mitigado, también llamado eudemonismo.

Aristipo de Cirene, discípulo de Sócrates y creador de la escuela cirenaica, que establece la prudencia como control de la desmesura, y Epicuro de Samos, fundador, hacia el año 300 antes de nuestra era, del epicureísmo, cuya doctrina se fundamenta en evitar el dolor en el cuerpo y la turbación en el alma, que se consiguen con la evitación de los placeres sensuales y disolutos o reñidos con la moral.

El término pasión, por su parte, se remonta al siglo XIII y, etimológicamente, proviene del latín “passio” o “passionis”, términos que, derivados de la familia etimológica del verbo padecer, a su vez conectan con la raíz latina “pati”, que significa sufrir, resistir, aguantar.

Para el filósofo Byung-Chul Han, de origen surcoreano, asimilado por la lengua, el pensamiento y la cultura alemanes y establecido en esa nación, donde enseña filosofía de los medios y filosofía cultural, vista desde sus raíces orientales, la cultura occidental es un fresco que representa una historia de la Pasión (con mayúscula), al tiempo que lo que llamamos cultura no es otra cosa que una luxación, una desviación de la vida natural.

De ahí la prevalencia del homo doloris sobre el homo ludens; prevalencia del sufrimiento sobre el juego que desembocará en los hominen oeconomicus, tecnologicus y laborans, que han hecho de la economía, la tecnología y el trabajo fines en sí mismos, y por tanto alienantes, antes que medios para alcanzar la redención humana.

Ese predominio del dolor sobre el juego, de lo pasional sobre lo hedónico es lo que, como explica Han en su enjundioso ensayo titulado “Buen entretenimiento.

Una deconstrucción de la historia occidental de la Pasión” (Herder, 2018), se traduce en cuestionamiento, desde el rigor religioso, del entretenimiento, la distracción e incluso el arte ligero (Peter Glotz, 1988), que son asumidos, filosófica y teológicamente, como expresión de una caída, una apostasía de la auténtica vida.

Por ello, distraerse, disfrutar de la buena música (popular o culta), de la buena literatura, sentir un goce profundo frente a una obra de arte constituyan un heideggeriano estado de caída y de pecaminosa sumisión a la tentación.

Así que, reducir la modernidad tardía al hedonismo light, como efecto directo de la globalización y el neoliberalismo, deja entrever una lectura unidimensional y trunca de la complejidad del individuo cibernético, de la uniformización de la sociedad de rendimiento y del dopaje propio de la cultura online. Somos hedónicos y pasionales a la vez. Continuará.

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