Existe un momento en el que uno dice: “Basta. Hasta aquí llegué”. Y es en ese mismo instante que comienza la transformación. Después de tiempo acumulando, buscando excusas, quizá poniendo curitas, llega el instante en el que te das cuenta de que has llegado a tu límite. Y lo que pudiera entenderse como traumático, al final se convierte en algo liberador.
Cada persona tiene diferentes niveles de aguante. Hay quienes explotan más rápido, otros que acumulan y acumulan. En cualquier caso, cuando todo eso estalla, tiene ramificaciones que afectan no sólo a uno mismo, sino a todo el entorno. Realmente no se debería llegar a ese estado, pero muchas veces es hasta inconsciente que uno lo hace, pero cuando ya te das cuenta de que es el momento de decir basta, lo sabes, no hay duda.
Entonces, se me ocurren varias vías de solución. Una es soltar completamente ese problema. Y no pasa nada. No es que te rindas, es que simplemente es una situación que está haciendo tu vida miserable.
Otra opción es tomar la decisión definitiva, quizá algo que ya sabías, pero ibas postergando y, sea acertada o no, es la que va. Y en un caso u otro, ese sentimiento de finalización, de haber puesto punto final a algo que te pesaba, es positivo.
Muchas veces tenemos miedo a las consecuencias, a las reacciones, a lo que pueda pasar, y por eso dejamos pasar, sin darnos cuenta de que, en determinadas situaciones, el tiempo no es la solución.
Esta llega con decir: “Hasta este día he llegado y ya tengo que poner clausura a algo o a alguien que me está quitando la tranquilidad”.
Todos hemos pasado por esto. Todos hemos llegado a nuestro límite y todos hemos asumido las consecuencias.
Es un aprendizaje duro, pero necesario. Así son las cosas.
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