¿Hacia dónde vamos?
Tengo mi carro, no utilizo el transporte público, ni lo necesito. Mis hijos van a un colegio privado, pues la escuela pública es un desastre.
Tengo casa propia, no me interesa el tema de las viviendas con el Fondo de Pensiones. Tengo un salario aceptable y puedo comprar en el supermercado, lo de los mercados populares no me incumbe.
Una y otra vez cada día nos repetimos frases como esas y nos condicionamos de manera tal que al final de la jornada poco nos interesa nuestro propio entorno, si el amigo se enferma o está en aprietos sin lugar a dudas es asunto de otros, porque incluso ni siquiera es tan cercano a mí.
Estas reafirmaciones son algunos de los elementos que sin duda han contribuido con la disgregación de la sociedad y cada día nos vamos perdiendo los unos de los otros. A pesar de estar demostrado que la relación de los abuelos, tíos, primos y demás familiares fortalece el desarrollo emocional de los niños, más y más padres neutralizan estos vínculos.
Algunos progresistas profesionales entienden que sus parientes o amigos se han quedado rezagados y a su vez los retrasan o que son una carga de la cual es mejor estar alejados, pues no pertenecen al círculo al cual han ingresado o anhelan hacerlo y podrían ser una vergüenza. En tanto, estamos formando una nueva generación, autómata, sin sentimientos ni vinculaciones emocionales, sin solidaridad familiar y, luego, quizás seremos muchos más los que estaremos en los asilos o en las calles, sin familia y sin un sistema estatal que nos ampare.
Si hoy no fomentamos el respeto, amor y solidaridad para con nuestros mayores, cómo podremos demandarlos mañana con nosotros mismos.
Solo reagrupándonos en torno a valores es que podremos recomponernos como una masa social que pueda fraguar un horizonte venturoso, ver sociedades como la taiwanesa podría ser un referente significativo en toda la amplitud, o recordar el poema Primero se llevaron, de Martín Niemöller, porque allí justamente es a donde nos encaminamos.