"Cambia, todo cambia, y lo que cambió hoy tendrá que cambiar mañana. Cambia lo superficial, cambia también lo profundo, cambia el modo de pensar, cambia todo en este mundo. Cambia el clima con los años, cambia el pastor su rebaño, y así como todo cambia, que yo cambie no es extraño".
Así reza la famosa canción de la argentina Mercedes Sosa. Por su parte, el filósofo Heráclito de Éfeso —apodado "el Oscuro"— sentenció: "Lo único constante es el cambio".
La vida es cambio permanente, pero este debe ser para mejorar, para avanzar; debe ser un cambio cualitativo, no involutivo. Lo digo a propósito de lo que observamos en cuanto a los actores que hoy promueven luchas sociales en el país.
En la actualidad se ha generado una confusión tan profunda que pareciera haberse perdido el norte entre lo que es realmente una lucha popular y lo que no es más que una farsa disfrazada de nacionalismo. Personas bien intencionadas, pero desorientadas, terminan respaldando y promoviendo a líderes y organizaciones que se dicen nacionalistas —aunque su supuesta defensa de la patria parece detenerse en la frontera con Haití— y que, en realidad, solo contribuyen a dividir al movimiento social y popular.
¿Cómo es posible que se le dé cabida a una organización y a su líder cuando este se ha declarado públicamente admirador de Adolf Hitler y, además, promueve el odio, el racismo y la discriminación como herramientas de lucha? La contradicción se agrava al saber que el mismo sujeto apoya al Estado criminal de Israel. Todo ello constituye un giro ideológico insostenible, una enorme contradicción que debería hacer saltar todas las alarmas.
¿Dónde quedó nuestra capacidad de razonar? ¿Hasta dónde vamos a permitir que la miopía política nos lleve a afilar los cuchillos que terminarán cortando nuestras propias gargantas?
La pregunta es aún más pertinente si recordamos el pasado reciente. ¿Dónde estaban esos "nacionalistas" cuando la embajadora de Estados Unidos en República Dominicana, Leah Campos, llamó la atención al país por la asistencia de nuestro ministro de Justicia, Antoliano Peralta, a la cumbre progresista en España? Tal fue el revuelo que el propio ministro tuvo que salir a aclarar que participó como invitado en la IV Cumbre en Defensa de la Democracia, celebrada en Barcelona y convocada por el presidente del Gobierno español.
Y, más grave aún: ¿dónde estuvo la protesta firme contra la injerencia extranjera cuando se permitió el uso de suelo dominicano para estacionar aviones y aeronaves con el fin de secuestrar y encarcelar a un presidente y a su esposa? ¿Acaso esa no era una ocasión propicia para ejercer el nacionalismo que tanto pregonan?
La respuesta es clara: son unos falsos nacionalistas, unos tramposos. No vienen a sumar, sino a restar; no buscan fortalecer, sino debilitar y dispersar a quienes realmente luchan por el bienestar del país.
Cambiar de métodos, de actores y de tácticas en las luchas es un recurso válido, siempre y cuando ello nos acerque a los objetivos estratégicos planteados; siempre y cuando esos métodos, actores y tácticas no vayan en contra de los principios de solidaridad, humanismo, hermandad y empatía, y, sobre todo, no atenten contra la dignidad y los derechos humanos.
Cuidemos nuestro país, evitemos alinearnos con esa corriente de odio, desprecio e inhumanidad que hoy recorre toda nuestra América, desde Tierra del Fuego (Argentina y Chile) hasta Norteamérica (EE. UU.).