Es absurdo comparar a jugadores estelares NBA
Nueva York.-¿Acaso se vio alguna vez jugadores más diferentes que Michael Jordan y LeBron James?
Es inútil buscar una respuesta. Es absurdo tratar de calar hondo en el terreno de la objetividad cuando, efectivamente, es subjetividad lo que se exige implícitamente.
Las comparaciones entre atletas de elite jamás pueden llegar a buen puerto. Uno puede inmiscuírse en los números de LeBron James, en las hazañas de Michael Jordan, en los tiros increíbles de Kobe Bryant pero jamás podrá encontrar la herramienta decisiva que permita dictaminar si un jugador, un equipo, o una época fue superior a la precedente.
Una infamia
Es un ejercicio infame pretender tener el bote para navegar aguas tan profundas.
La prensa, o mejor dicho el marketing, se divierte con el arte de enarbolar mentes y seducir espíritus jóvenes a partir de titulares de fuego o afirmaciones tajantes.
Es desesperante ver una y otra vez la misma discusión de café . Nadie puede entrar en razón en una discusión de este tipo.
Los fanáticos de Jordan no lo adoran por los seis títulos ganados con los Bulls o por los números platónicos que se descubren en sus planillas: lo quieren porque fue el eje que les permitió llorar, reírse y sufrir en una película tan inolvidable como perecedera.
En otras palabras, los fanáticos no se centran en el icono deportivo como un objeto de adoración, sino que se nuclean en las sensaciones construidas cuando vivieron sus andanzas de cerca.
No aman a Kobe Bryant, sino que se adoran a ellos mismos en el momento preciso de seguir a Kobe Bryant.
Es la proyección de alguien que lleva adelante lo que otros no pueden. Es el recuerdo de lo que hicieron ellos cuando el otro hizo.
Cuando un jugador emblema se retira, ese amor no se rompe ni se corrompe: queda guardado en la retina para ser repetido una, y otra, y otra vez.
Estupidez
Comparar entonces a Bill Russell, Michael Jordan, Kobe Bryant y LeBron James es una estupidez del tamaño del continente americano.
Y esto lo van a entender así los fanáticos de Russell, Jordan, Bryant y James, cada uno desde su vereda, porque con el amor no se juega.
El sentimiento es el terreno en el que nadie debería meterse sin al menos tocar la puerta previamente una o dos veces.