El síndrome del borrico feo…la increíble historia del “pobre burro triste” - El Día Columnas

El síndrome del borrico feo…la increíble historia del “pobre burro triste”

El síndrome del borrico feo…la increíble  historia del “pobre burro triste”

Ver aquel día su imagen en el agua fue su único consuelo. Y nacer burro fue su peor desgracia. Ni siquiera lo atormentó tanto el tener en la vida que soportar aquellas árganas extremadamente pesadas.

La situación a que fue sometido por su propietario y las burlas de las otras bestias de cargas, de los propios humanos, era el gran motivo de sus tormentos. Pero ocurría que, además de burro, tenía que someterse a fuertes trabajos y escasa alimentación por parte de su dueño, el señor Carratú.

Y eso lo hacía lucir desgarbado, descolorido y con ojos brotados.

-¿Por qué nací burro?, se preguntó desconsolado. -Ser un burro feo y bruto, insistía. Le abrigaba un deplorable estado de ánimo y su baja autoestima no le  permitía valorar en él ninguna cualidad positiva. Todo lo veía como una desgracia.

La situación se tornó tan deplorable que su propietario optó por abandonarlo. Alegó que ya este pollino no le servía para llevar las cargas y que se había convertido en un “atrabanco” de lomo pelado y maloliente. El exceso de carga, sin ninguna protección necesaria, había desollado el abigarrado espinazo de Layo, nombre con el que fue bautizado a la hora de venir al mundo.

Carratú, dueño de Layo, no quería mantener en su poder a este borrico que no le servía de nada, que no daba ningún  rendimiento. Empezó a verlo como un holgazán y no quería flojos en su camino. Y lo soltó a su suerte. Layo entonces deambulaba por calles y callejones de la población ante la mirada indiferente y hasta de desprecio de todos los congéneres. Comenzó a sentir la incertidumbre de la soledad, los efectos de un mar de dudas y los complejos se acrecentaron convirtiéndolo en un “pobre burro triste”.

Sus rebuznos eran sonidos lastimeros que ya nadie quería escuchar.- ¿Por qué tuve que ser un burro? ¿Por qué no una jirafa, un león, un tigre, un elefante o una fiera agresiva a la que todo el mundo temiera?”, razonaba. –“Tal vez así evito los bullying. A nadie se le ocurre burlar a un león”, decía.

Las cosas de la naturaleza son así. A mí me tocó ser un burro, un burro de carga. Y ya. No vino en mi registro de nacimiento ninguna otra cualidad extra que me hiciera atractivo para alguien. Hijo de una burra y de un mulo, era todo lo que decía el certificado natal. Ser un descendiente de mulo, eso era lo que me faltaba para mi desgracia. ¡Que diferente sería mi vida si en la “insondable tómbola del destino” hubiera sido un robusto caballo de paso fino, un perro de caza o una mascota amaestrada, entrenada para vivir en los más finos apartamentos de la gran ciudad!

Pero no, tuve que nacer “burro, un burro de carga” por demás.  No llego a entender nunca como el poeta y periodista dominicano Arturo Pellerano Castro se ufana en su criolla “A ti”  de decir, en cálidos arranques amorosos frente a su amada, que quería ser burro de carga:

“Yo quisiera, mi vida, ser burro,
ser burro de carga,
y llevarte, en mi lomo, a la fuente,
en busca del agua,
con que riega tu madre el conuco,
con que tú, mi trigueña, te bañas.

Yo quisiera, mi vida, ser burro,
ser burro de carga,
y llevar al mercado tus frutos,
y traer, para ti, dentro del árgana,
el vestido que ciña tu cuerpo,
el pañuelo que cubra tu espalda,
el rosario de cuentas de vidrio
con Cristo de plata,
que cual rojo collar de cerezas
rodee tu garganta…
Yo quisiera, mi vida, ser burro,
ser burro de carga…”.

-“Eso resulta lo más inverosímil que yo haya escuchado. Un poeta queriendo ser burro de carga. Está claro que el vate Pellerano Castro no sabe realmente lo que es ser un burro de carga”, refunfuñó Layo.

 –“Si el poeta descubre lo que es ser un burro, si lo vive, no vuelve a inspirarse en un asno, un rucio, un jumento, un piñón, etc.”, rumió. –“Porque sin importar como le llamen, es un burro, y al final eso es lo que cuenta”, dijo con cierto lamento.

Cansado de divagar Layo se detuvo un día durante un rato a orilla de un riachuelo del pueblo. Allí escuchó hablar entre risas y coqueterías a jóvenes que acudieron a lavar y a bañarse en la pequeña fuente de agua del lugar.

Las muchachas, entre ellas una hermosa joven youtuber rusa, desarrollaban una candente conversación acerca de la importancia del tamaño del órgano reproductor masculino. Escuchó detenidamente con rostro de incredulidad la amena conversación.

La joven rusa refería que a las mujeres del país más grande del mundo y que se extiende por casi todo el norte del supercontinente de Eurasia, el tamaño del falo del hombre le era indiferente.

Sobre el tema el periódico español ABC señaló que: “El tamaño del miembro viril ha sido siempre un tema de debate”. Las muchachas del río, en tanto, no debatían lo que decía este medio sino que murmuraban sobre esta cuestión entre risas cargadas de picardía y sonadas carcajadas.

Referían que según TargetMap, “la medida del falo de los africanos es de 17,93 centímetros. Les siguen muy de cerca los ciudadanos de Ecuador (17,77 cm), Ghana (17,31 cm), Colombia y Venezuela (17,039, Camerún (16,67 cm), Bolivia (16,51 cm), Sudán (16,47 cm) y Benín (16,2 cm)”.

 Las jóvenes escuchaban con oído atento la lectura que hacía la rusa del artículo aparecido en el diario ABC, mientras soto reían:

“El miembro viril, casi un objeto de culto para algunos (básicamente hombres), recibe tantas atenciones que ya casi no esconde secreto alguno. Sin embargo, no todas las creencias que se comparten respecto al pene son ciertas. La ciencia ayuda a derribar los mitos más extendidos (y a corroborar algunos) respecto a cuestiones como la importancia del tamaño o su relación con la capacidad de dar placer, dudas que han preocupado a los varones desde que se tiene memoria”.

«El 80% de la población masculina se encuentra entre los 10 y los 16 cms. como promedio», afirma –según el diario ABC- Antoni Bolinches, psicólogo clínico, sexólogo y miembro de la junta directiva de la Federación Española de Sociedades de Sexología.

Layo escuchó con entusiasmo la tertulia de las adolescentes. Y entonces pensó que allí estaba su salvación. Lo que oyó en esa conversación le subió la autoestima. –“Nosotros no estamos en la citada lista de falo grande, pese a que nuestros hombres se pavonean creyéndose algo que a la luz de dicha investigación no es real”, rio Layo dentro sí porque allí estaba él para hacer esa digna representación.

 Rebosante de satisfacción, este rucio acudió entonces a la orilla del río y en aquel lugar sacó su miembro viril para orinar, y viéndose reflejado en el agua, exclamó:

-¡Ahhh, Ahhh…!

Desde aquel momento Layo caminó pavoneándose, lanzando patadas y alegres rebuznos por los aires en las calles del poblado, proclamando su liberación, ya que al parecer por fin logró una razón para sentir orgullo de ser burro.

*El autor es periodista.



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Emiliano Reyes Espejo

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