Por: Emmanuel Aquino Alvarado
La historia de la República Dominicana, y de la isla que la contiene, está acompañada de grandes hitos y epopeyas que provocan admiración. También de episodios ante los cuales muchos se retuercen de vergüenza.
Entre los asuntos pendientes de resolver en esta nación caribeña permanece una deuda histórica, la distribución de las riquezas creadas. Durante décadas, el país ha exhibido un importante crecimiento económico, mientras segmentos significativos de la población continúan atrapados entre salarios insuficientes, informalidad laboral y servicios públicos deficientes.
Los propios organismos multilaterales han documentado esa contradicción. La CEPAL registra importantes avances dominicanos en reducción de la pobreza, pero la informalidad laboral continúa afectando a más de la mitad de los trabajadores, mientras el Banco Mundial insiste en los desafíos de inclusión y calidad del empleo.
Se ha construido, entonces, una economía bastante eficiente para producir riquezas, pero mucho menos eficiente para distribuir equitativamente sus beneficios, generando consecuencias económicas, sociales, culturales y políticas.
A las carencias materiales se agregan una educación con enormes debilidades, el deterioro de referentes culturales y una inversión de valores mediante la cual “tener” parece importar más que “saber”. Es precisamente de esas entrañas de donde emerge “El Innombrable”.
El Innombrable viene de abajo. Conoce el barrio, sus códigos, frustraciones, lenguaje y aspiraciones porque alguna vez fueron también los suyos, por lo que su procedencia popular no constituye una construcción artificial.
Una situación es proceder de los sectores marginados y otra continuar presentándose como doliente de sus padecimientos cuando las condiciones han cambiado. El Innombrable salió económicamente de allí, pero parece haber descubierto que políticamente resulta rentable regresar discursivamente.
Habla como ellos, vocifera como ellos y desafía como algunos quisieran desafiar. Su lenguaje soez e irreverente convierte las bajas pasiones en espectáculo y ahora procura transformar esa identificación en capital político.
No se observa detrás una propuesta destinada a transformar las relaciones económicas responsables de las desigualdades que sirven de combustible a su discurso.
Ha utilizado la figura de Joaquín Balaguer, asistió a la investidura del mandatario estadounidense y sus propuestas en el debate apuntan a ser simples líneas de acción accesorias y cosméticas, sin resolver ningún problema fundamental de la nación.
Todo el conjunto permite advertir una sensibilidad política donde aparecen el orden, la autoridad, el nacionalismo, el culto al éxito individual y el personalismo, elementos próximos a las nuevas expresiones del populismo de derecha.
Friedrich Nietzsche proporciona una imagen interesante para observar el fenómeno: en La genealogía de la moral, al desarrollar su concepto del “resentimiento”, aparecen los corderos que guardan rencor hacia las aves de rapiña.
Ciertamente, razones para la inconformidad sobran en la República Dominicana. Durante décadas, las ovejas han observado privilegios, fortunas e impunidades distribuidas desigualmente mientras hacen malabares con sus salarios, pero existe una diferencia fundamental: El Innombrable ya no está entre ellas.
Salió del rebaño, y aunque conoce sus frustraciones, ahora posee dinero, influencia, relaciones y acceso a espacios vedados para sus seguidores; el antiguo cordero parece haberse convertido en lobo, pero necesita continuar balando para que crean que sigue siendo suyo.
Las élites tradicionales pueden acudir a sus espacios y reconocer su poder mediático, pero otra cosa es aceptarlo plenamente dentro del círculo donde históricamente se han distribuido prestigio, riqueza y poder.
Aquí aparece una interesante semejanza histórica con Rafael Leónidas Trujillo, quien también experimentó el desprecio de las élites por sus orígenes; se observa la vieja tensión entre el advenedizo enriquecido y aquellos que se consideran propietarios naturales del club.
El Innombrable ya consiguió dinero, fama e influencia. Ahora busca algo que ninguna de las anteriores garantiza por sí sola: poder político.
Para completar ese tránsito necesita a aquellos que permanecieron en la marginalidad de la cual alguna vez salió; necesita pueblo, necesita votos y transformar en fuerza electoral la frustración producida por el sistema.
No se estaría frente a la rebelión política de los excluidos ni ante la aparición de un redentor de las clases oprimidas, sino frente a algo bastante diferente: el monstruo no pretende destruir el castillo.
Conocer la miseria por haber salido de ella no lo convierte en representante de quienes la padecen, y su ascenso individual no significa emancipación colectiva; el monstruo no busca redimir a las clases oprimidas.
Busca que los marginados, empujados por sus frustraciones y resentimientos, le otorguen el aval político que necesita para ingresar definitivamente al círculo de los que mandan y alcanzar el reconocimiento definitivo del poder.
Salió del rebaño y mutó en lobo, descubrió sus riquezas y espacios, pero todavía necesita algo que el dinero nuevo no siempre consigue comprar: ser reconocido como miembro pleno de la manada.
Por eso regresa donde las ovejas, no para liberarlas, sino porque las necesita; quiere que los desposeídos, creyéndolo todavía uno de ellos, sean quienes empujen las puertas del castillo hasta abrirlas para él.