El fracaso de Obama
El otrora carismático presidente norteamericano Barack Obama ha sufrido una derrota electoral en las urnas de su país en las recién celebradas elecciones congresionales.
A pesar de una movilización sin precedentes, que llevó a Obama a lo largo de los Estados Unidos en pos del entusiasmo de su mensaje electorero, Yes We Can (Sí, Podemos), el descontento de los electores lo ha vencido.
La sociedad norteamericana padece las secuelas de una crisis económica, tipificada por la caída en los valores inmobiliarios, a la vez agudizada por una recesión, caracterizada por un creciente desempleo, sin visos de mejoría.
Esta decepción del electorado, que padece de desesperanza, los llevó en primer lugar a culpar a su líder político, el presidente Obama.
En segundo lugar a su partido político, Demócratas, cuya base se ha erosionado en parte por el creciente movimiento conservador albergado tras la cortina del denominado Tea Party, cuyo nombre se remonta al nacimiento de la nación norteamericana, cuando eran colonia inglesa, y la rebeldía de pagarle impuestos a Inglaterra, sin la debida representación política.
En tercer lugar, se castigó a los congresistas, que son vistos como una especie de protectores del status quo, o sea elegidos por el pueblo, pero dedicados a la defensa de intereses particulares y no del bien común.
Esta lección recibida por Obama contrasta enormemente con el premio que el pueblo del Brasil le otorgó a Lula, al elegir su sucesora designada, Dilma Rousseff, como la nueva presidente de su país.
¿Y por qué estas diferencias? Porque no importa cuán carismático y popular sea un gobernante, si los electores no perciben que se gobierna en beneficio de las mayorías, el resultado es un castigo electoral que se hace evidente, produciéndose un fracaso como el que ha recibido Obama.