El espacio público en Santo Domingo, la ciudad de Carolina Mejía

Danilo Minaya
Danilo Minaya.

La Alcaldía del Distrito Nacional ha venido realizando una serie de importantes intervenciones en sus tres circunscripciones.

Como arquitecto e interesado en los temas urbanos, saludo y resalto esta labor, especialmente cuando se enfoca en la recuperación del espacio público como medio vital de interacción ciudadana. El rescate de parques y plazas es una tarea encomiable que devuelve dignidad al entorno.

Sin embargo, en aras de contribuir con mejoras relevantes y oportunas, resulta imperativo señalar ciertos aspectos técnicos y conceptuales que merecen ser revisados.

Más allá de mi condición profesional, mi experiencia como padre ha despertado en mí una inquietud recurrente; la aparente ausencia de una guía accesible de parques y espacios públicos que sirva como herramienta para planificar visitas con nuestros niños.

Al recorrer muchos de estos lugares recuperados, salta a la vista un preocupante patrón de diseño: el escaso interés por las áreas de jardinería, capaces de proveer sombra natural sobre los espacios infantiles.

En un país tropical expuesto a una radiación solar inclemente durante todo el año, es un contrasentido diseñar zonas de recreación que solo son utilizables cuando el sol decide ocultarse.

La vegetación urbana no debe ser tratada como un simple adorno cosmético, sino como una infraestructura climática indispensable para la salud y el confort.

Es innegable que estos espacios han constituido un aliciente fundamental para los sectores sociales desposeídos, aquellos niños y niñas que no tienen acceso a los grandes centros comerciales privatizados, donde priman el consumo, las ventas y el interés mercantil.

Es una gran satisfacción observar cómo los autobuses escolares colman la avenida Anacaona para que los estudiantes disfruten de las atracciones del Mirador Sur.

Sin embargo, la escasez de mobiliario urbano próximo a dichas atracciones dificulta enormemente la labor de cuidado de los adultos acompañantes, obligándolos en ocasiones a portar sus propias sillas o a sentarse sobre el asfalto.

Asimismo, en intervenciones como el parque Las Praderas, resulta inexplicable la colocación de banquetas que dan la espalda a las áreas verdes, como si el asfalto fuese el principal atractivo paisajístico.

Otra situación preocupante, es la priorización sistemática del pavimento duro por encima de las áreas de jardines vivos.

Es cierto que el mantenimiento de áreas verdes es costoso, sin embargo, el urbanismo contemporáneo ofrece técnicas avanzadas de recolección y reciclaje de agua para riego.

Habitamos una geografía donde el día más claro llueve y nos encontramos en la ruta directa de los huracanes, una realidad ecológica que nos obliga a diseñar con criterios rigurosos de manejo de escorrentías.

Debemos transicionar con urgencia hacia Sistemas Urbanos de Drenaje Sostenible (SUDS) pavimentos permeables, adoquines articulados, bloques filtrantes, hormigón poroso y suelos estabilizados con gravilla que permitan aprovechar el agua, en lugar de forzar su curso por gravedad sobre superficies impermeables.

El abuso del hormigón, visible en obras recientes como el Malecón Deportivo, altera el ciclo hidrológico, impide la recarga de los acuíferos y eleva la temperatura, agravando el fenómeno de la isla de calor urbana y colapsando imbornales obsoletos, que terminan obstruidos por desechos debido a la falta de previsión estructural.

Es de conocimiento general que el ayuntamiento posee catálogos de plantas nativas clasificadas para el uso urbano. Por tanto, resulta contradictorio que en las nuevas intervenciones las áreas verdes brillen por su ausencia, quedando relegadas únicamente a aquellos lugares donde la naturaleza ya se había consolidado, como el Parque Iberoamericano, el Mirador Sur o Las Praderas.

Actualmente se encuentra en proceso la readecuación del parque de la Núñez de Cáceres. Es de esperar que en este diseño se pondere el valor de la naturaleza.

Especialistas como la bióloga Katia Hueso nos recuerdan la importancia de educar con la naturaleza, mientras que el botánico Stefano Mancuso, máxima autoridad en neurobiología vegetal, demuestra que las plantas son organismos complejos e inteligentes capaces de resolver problemas.

Su integración estratégica a través del diseño biofílico reduce el estrés, restaura la atención y mejora profundamente el bienestar cognitivo y emocional humano.

La ciudad es un cuerpo vivo que interactúa con su gente; la pandemia del COVID-19 demostró de forma contundente nuestra condición de entes sociales que necesitan del espacio común, concebido de manera integral e inclusiva.

Como advertía el antropólogo Manuel Delgado, el espacio público a menudo es revestido de un valor ideológico por las instituciones para presentar calles y plazas como escenarios de una supuesta armonía universal, ocultando con ello las desigualdades sociales y la exclusión inherentes al modelo actual.

Bajo la apariencia de ser un lugar de todos, opera de forma excluyente cuando persigue a los marginados o cuando facilita la reapropiación capitalista mediante la gentrificación y la tematización, convirtiendo la trama urbana en un simple producto para el consumo y el turismo.

Carolina Mejía , ahora en su proyección hacia la presidencia de la República, abre una coyuntura idónea para reflexionar sobre qué mirada se le dará al territorio y a los espacios urbanos consolidados.

Las ciudades y sus comunidades no están ahí únicamente para la coyuntura de una campaña política o para recibir raciones alimenticias y asistencia tras el paso de una tormenta.

Exigen un compromiso de largo plazo que incorpore la educación ciudadana en el manejo de desechos sólidos, evitando que la basura continúe estrangulando las riberas de nuestros ríos y playas.

El debate nacional demanda una política de hábitat integral, donde el diseño urbano sea sinónimo de resiliencia ecológica, dignidad social y verdadera democratización del espacio.

Sobre el autor

Danilo Minaya

Arquitecto y sociólogo, docente universitario. Profesional del ámbito social, urbano-arquitectónico, con una vocación social y política.