El ejercicio de la docencia universitaria: entre la vocación y la precariedad

Danilo Minaya
Danilo Minaya.

Hace unos meses leía un trabajo de investigación publicado en uno de los medios de prensa del país sobre las condiciones de trabajo de los profesores universitarios. Aquel informe mostraba, con estadísticas claras y contundentes, la realidad salarial y laboral de nuestros docentes. Hoy, ante esa radiografía, me atrevo a escribir sobre este tema y sobre la importancia crucial que reviste el rol del profesor y el académico en una sociedad que urge, cada vez más, de mayores aptitudes y actitudes de civismo en sus ciudadanos.

La realidad nacional nos golpea el rostro a diario, se incrementan de forma alarmante los casos de violencia generalizada, la salud mental colectiva se encuentra en franco deterioro y la sociedad civil reclama a gritos mayor empatía, inversión en educación ciudadana y formación en valores. Se pide, con justa razón, el involucramiento de la familia dominicana en las escuelas y academias porque, de seguir el derrotero que llevamos, continuaremos entregando malas cuentas como país.

¿Por qué conectar toda esta crisis social con el ejercicio docente? La respuesta es simple: es en las aulas donde se reciben a esos niños, adolescentes y jóvenes que serán los adultos del mañana. Para garantizar una sociedad más saludable, con ciudadanos empáticos, pensamiento crítico y armados de valores cívicos, se amerita obligatoriamente una educación integral. Y esa educación descansa sobre los hombros de los profesores.

Sin embargo, la respuesta del sistema hacia ellos es decepcionante. En la actualidad, los docentes en nuestro país son tratados como simples "obreros del conocimiento" y no como los académicos que son. Se les exige cursar maestrías, doctorados y mantenerse en una búsqueda constante de aprendizaje e innovación pedagógica; pero para los empleadores, no dejan de ser más que eso – empleados sustituibles en una línea de producción.

La cotidianidad del profesor universitario dominicano es cuesta arriba. Deben cumplir largas y agotadoras jornadas de trabajo de pie, muchas veces en aulas que carecen de las condiciones mínimas de infraestructura. A esto se suma la presión de corregir exámenes a contrarreloj, cumplir con rigurosos programas académicos y acatar horarios estrictos. Otros tantos deben trasladarse fuera de sus ciudades, arriesgando su integridad física en autopistas sumamente peligrosas, siendo víctimas directas de las constantes alzas de los combustibles, el aumento de los peajes y la exposición a contagios de enfermedades virales en las aulas.

En fin, el docente es un ciudadano más que sufre los embates de la inflación, pero con la enorme carga añadida de formar a los futuros profesionales de la nación.

La llegada de la virtualidad se planteó como un alivio a esta situación, pero terminó convirtiéndose en otro espejismo. La realidad es que esta modalidad traspasó los costos operativos de las instituciones al hogar del profesor, quien ahora debe pagar altas facturas de energía eléctrica, conexiones a internet de alta velocidad y adquirir equipos electrónicos de alta capacidad por cuenta propia; aspectos logísticos que jamás han sido tomados en cuenta ni compensados por sus empleadores.

Históricamente se ha romantizado el ejercicio docente afirmando que se hace puramente "por vocación". Esta narrativa ha sido hábilmente aprovechada por el sector empresarial para explotar, en beneficio propio, el conocimiento científico y el aprendizaje. Mientras las universidades reciben subvenciones del Estado y mantienen altas tasas de matriculación cobradas a los estudiantes, estos ingresos no se traducen en una mayor inversión ni en mejores condiciones de desempeño para los profesores y empleados quienes, a fin de cuentas, constituyen la verdadera razón de ser de cualquier academia.

El temor a exigir derechos en nuestro país se ha generalizado. La educación es un derecho universal y los llamados a garantizarlo son los docentes. No obstante, si el sistema no asume la conciencia de mejorar sus condiciones laborales, será imposible sostener la calidad del derecho que se imparte. Los profesores se agotan y aún así resisten – por vocación, por necesidad y porque a muchos les han sembrado la idea de que exigir dignidad es "sindicalizarse" , usando el término como si fuera un problema, un delito o un pecado.

Es hora de entender que no se puede construir un futuro ciudadano sano sobre la base de un cuerpo docente precarizado y silenciado. Dignificar la docencia universitaria no es un favor, es una deuda social urgente si de verdad queremos cambiar el rumbo de nuestra sociedad.

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Sobre el autor

Danilo Minaya

Arquitecto y sociólogo, docente universitario. Profesional del ámbito social, urbano-arquitectónico, con una vocación social y política.