Hace unos días, mientras compartía en un colmado, fui testigo de una escena que ya forma parte del paisaje cotidiano de Santo Domingo; el incesante ir y venir de los trabajadores del delivery. Uno llega, entrega, cobra, recibe otro pedido. Se monta en el motor y vuelve a lanzarse al tráfico.
Dentro del establecimiento, una persona permanece pegada al teléfono. WhatsApp no se detiene, los pedidos tampoco, a simple vista, no hay nada extraordinario en la escena. Basta detenerse unos minutos para descubrir detrás de ella una de las contradicciones más evidentes del capitalismo contemporáneo. Hoy podemos pedir comida, medicamentos, bebidas, productos del supermercado y casi cualquier mercancía con apenas dar un clic. La distancia parece haber desaparecido, el tiempo de espera se reduce, la comodidad aumenta.
Pero hay una pregunta que casi nunca hacemos: ¿Quién paga realmente el costo de esa comodidad? El consumidor ve la aplicación, el comercio ve una venta, la plataforma ve una operación, nosotros vemos una mercancía llegando a la puerta.
Lo que desaparece de nuestra mirada es el trabajador. No vemos las horas esperando un pedido. No vemos el combustible. No vemos el mantenimiento del motor. No vemos el desgaste, el calor, la lluvia, las calles deterioradas, los accidentes, ni el estrés de atravesar una ciudad congestionada contra reloj. Y, sobre todo, no vemos algo fundamental: El riesgo ha sido trasladado al trabajador.
Desde una lectura marxista, la llamada economía de plataformas no ha terminado con la explotación del trabajo, ha conseguido algo mucho más sofisticado: reorganizarla y hacerla menos visible.
El antiguo patrón tenía un rostro. El capataz podía señalarse. La fábrica tenía paredes. Ahora el algoritmo distribuye pedidos, mide tiempos, administra incentivos, registra calificaciones y puede condicionar los ingresos. El teléfono es herramienta de trabajo, sistema de control y puerta de acceso al salario.
La ciudad entera puede convertirse en fábrica , las avenidas, los semáforos, los barrios y las motocicletas forman parte de una enorme cadena logística cuyo objetivo es uno: acelerar la circulación de mercancías. Cada pedido significa un desplazamiento, cada desplazamiento consume combustible, tiempo, espacio vial y energía humana.
El delivery no es solamente comodidad, es una forma de organización espacial del trabajo. La plataforma organiza la circulación desde una pantalla, mientras el trabajador pone el cuerpo en las calles. Muchos de los costos necesarios para producir el servicio son trasladados hacia quien trabaja. La motocicleta es indispensable, pero la paga el trabajador, el combustible, el mantenimiento, la depreciación, la lluvia, el calor y las horas improductivas también.
El negocio obtiene flexibilidad, el trabajador asume la incertidumbre, a esto se suma otra contradicción: se presenta al repartidor como “independiente”, “socio” o “su propio jefe”. Pero ¿qué independencia existe cuando sus ingresos dependen de aceptar pedidos, permanecer disponible, cumplir tiempos y someterse a las reglas de un algoritmo?
La tecnología no eliminó al patrón, lo volvió invisible, no eliminó la explotación, la digitalizó. Mientras tanto, nosotros consumimos.
El capitalismo, ya no vende solamente mercancías, vende velocidad, vende disponibilidad, vende comodidad, vende tiempo. Ya no compramos una pizza, compramos el derecho a no desplazarnos. No compramos alimentos, compramos la posibilidad de que otra persona atraviese la ciudad para llevarlos hasta nuestra puerta.
Aquí adquiere sentido la crítica de Erich Fromm, a una sociedad orientada crecientemente al tener y al consumo. El problema no es únicamente cuánto consumimos, sino cómo el mercado organiza nuestros deseos hasta convertir la inmediatez en una necesidad.
En Santo Domingo, el creciente número de motocicletas dedicadas al delivery tampoco puede analizarse únicamente como un problema de tránsito. Es necesario mirar el fenómeno desde otra perspectiva; esos trabajadores también son producto de una economía urbana que necesita movilizar mercancías permanentemente. No son simplemente parte del caos vial. Son trabajadores circulando dentro de una ciudad organizada cada vez más para el consumo.
El debate no debería ser delivery sí o delivery no. La pregunta es otra: ¿qué derechos laborales deben acompañar esta nueva forma de organización del trabajo?
Si una plataforma controla el proceso, obtiene beneficios y determina las condiciones bajo las cuales se presta el servicio, debe asumir también responsabilidades. Se necesita reconocer una relación laboral cuando exista subordinación económica y algorítmica, aunque el trabajador sea presentado contractualmente como “independiente”.
Debe garantizarse seguridad social, cobertura frente a accidentes, enfermedad e incapacidad. Las plataformas deben contribuir a los costos asociados al combustible, mantenimiento y depreciación de los vehículos cuando estos sean indispensables para realizar el trabajo. Deben establecerse mecanismos de transparencia sobre los algoritmos. La digitalización no puede utilizarse como argumento para regresar a un tiempo en que trabajar significaba carecer de derechos.
No se trata de estar contra la tecnología ni contra el delivery. Porque detrás de cada pedido existe una cadena de trabajo. La contradicción es evidente: las mercancías llegan cada vez más rápido a nuestras manos, mientras las condiciones de quienes hacen posible esa velocidad permanecen cada vez más ocultas.
La próxima vez que un pedido llegue a nuestra puerta en tiempo récord, quizás la pregunta no debería ser cuánto tardó. La pregunta debería ser cuánto le costó al trabajador hacerlo posible.