El Agua y Luz, entre la nostalgia y lo funcional
El debate sobre el futuro del Teatro Agua y Luz vuelve a colocar sobre la mesa la pregunta de ¿qué se quiere preservar realmente de esa estructura y cómo hacerla verdaderamente funcional?
Diversos urbanistas y defensores patrimoniales han insistido en que el emblemático espacio debe conservar “su esencia”. Sin embargo, resulta válido preguntarse de cuál esencia se habla cuando varias generaciones de dominicanos no han conocido ese lugar más que como una ruina progresivamente consumida por el abandono, la maleza y el deterioro.
El Teatro Agua y Luz posee indudable valor histórico y simbólico. Forma parte de una etapa importante del desarrollo urbano y cultural de la capital.
Pero el patrimonio no puede reducirse a la contemplación romántica de estructuras inservibles ni a la defensa inmóvil de edificaciones incapaces de responder a las necesidades actuales de la ciudad.
Santo Domingo necesita rescatar ese espacio, sí, pero hacerlo con sentido práctico y visión de futuro, manteniendo lo rescatable de su riqueza arquitectónica.
Convertir el Agua y Luz en un espacio funcional, dinámico y económicamente sostenible no representa una traición a su historia; por el contrario, sería la única manera real de devolverle vida.
Tampoco se debe permitir una intervención rapaz o destructiva, que imaginamos es el temor que albergan urbanistas y arquitectos.
Estamos convencidos de que la racionalidad se impondrá para convertir ese monumento abandonado en una fusión que recuerde las glorias pasadas y el vigor del futuro.
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