¿Dominicanos peleando guerras de otros países?; redes sociales se adueñan de la narrativa bélica

  • Reclutadores, soldados y entidades aprovechan el entorno digital para vender su postura

Santo Domingo.– Hubo un tiempo en que para saber lo que ocurría en una guerra había que esperar el despacho de una agencia internacional, el reporte de un corresponsal, las imágenes enviadas por una cadena de televisión o el parte oficial suministrado por uno de los ejércitos enfrentados.

Los periodistas de guerra eran vistos como gente rara básicamente por que arriesgaban sus vidas para documentar.

Pero entre lo que ocurría en el campo de batalla y lo que finalmente conocía el ciudadano existía toda una cadena de intermediación: militares, corresponsales, agencias, editores y los mismos medios de comunicación.

Y usted podrá o no estar deacuerdo, pero ahora existen los influencers de guerra, que bien podría ser un soldado que graba con un teléfono lo que acaba de ocurrir, publicarlo después y convertir una operación militar en un reel visto a miles de kilómetros del lugar del enfrentamiento.

Juan carlos ávila
Juan Carlos se ha vuelto viral en redes sociales con sus publicaciones desde el campo de batalla, aunque hace dos días que no publica nada, lo que ha causado especulaciones entre sus seguidores, quienes temen haya caído en la guerra.

Ya los ejércitos puede responder a una información mediante X o Instagram o Telegram sin esperar una rueda de prensa. Una embajada puede defender la posición de su país directamente ante una población extranjera.

Y, lo siguiente es hasta peligroso, un reclutador puede conversar desde TikTok, Instagram, Facebook, Reddit o WhatsApp con una persona que eventualmente terminará vistiendo un uniforme.

Es decir, la guerra dejó de ser solamente un acontecimiento que las redes cuentan para convertirse también en un fenómeno que utiliza las redes para desarrollarse.

Guerra entre Rusia y Ucrania

El caso de la guerra entre Rusia y Ucrania es probablemente uno de los mejores ejemplos. Desde el inicio del conflicto, ciudadanos extranjeros se han incorporado, por distintas vías y bajo diferentes modalidades, a las fuerzas involucradas.

Colombia constituye uno de los casos latinoamericanos de mayor dimensión conocida. En septiembre de 2026, la Cancillería colombiana informó que había recibido 863 solicitudes de asistencia consular relacionadas con ciudadanos en Ucrania y otras 890 vinculadas con Rusia, aunque esas cifras incluyen fallecidos, desaparecidos, detenidos, solicitudes de repatriación y otras situaciones, y por tanto no pueden interpretarse automáticamente como número de combatientes.

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La contratación de mercenarios se ha hecho cada vez más común.

El Gobierno colombiano llegó incluso a solicitar tanto a Rusia como a Ucrania que cesaran la vinculación de sus nacionales a sus fuerzas militares.

Pero el fenómeno ha comenzado a tocar directamente a República Dominicana.

Un dominicano en Ucrania peleando por Rusia

Juan Carlos Ávila Espaillat se ha hecho conocido en los últimos días precisamente porque él mismo está narrando en redes sociales lo que asegura que vive como combatiente del lado ruso. Aparece uniformado, armado y acompañado de otros hombres vestidos como militares

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Juan Carlos Avila aparece en lo que identifica territorio ucraniano peliando por el bando de Rusia.

En uno de sus videos relata una supuesta operación para rescatar a tres soldados en la que, según su propia versión, dos murieron y solamente uno pudo ser evacuado.

Hasta el momento, las circunstancias exactas de su incorporación a las fuerzas rusas y los hechos que relata no han sido confirmados independientemente, por lo que deben presentarse como afirmaciones hechas por el propio Ávila.

Ese detalle, sin embargo, es precisamente parte del fenómeno que merece atención.

Hace algunas décadas habría sido necesario que un periodista llegara hasta Ávila, lo entrevistara y transmitiera su historia. Hoy Ávila es su propio camarógrafo, corresponsal y medio de difusión.

Y mientras eso ocurre, en República Dominicana existe además una denuncia presentada por familiares y organizaciones de derechos humanos sobre una presunta red que habría captado a más de 150 dominicanos mediante ofertas de trabajo para llevarlos al extranjero y terminar vinculándolos con zonas de conflicto, principalmente Rusia y el Donbás.

Se trata de una denuncia que debe ser investigada y no de una cifra oficialmente comprobada de dominicanos combatiendo.

Los reclutadores de guerra

Aquí aparece otro lado mucho más preocupante de la digitalización de la guerra: las mismas plataformas que permiten observar un conflicto también pueden servir para reclutar personas para participar en él.

No se trata solamente de una preocupación dominicana. Migración Colombia ha advertido sobre ofertas de trabajo en el exterior utilizadas para captar personas que terminan vinculadas a conflictos armados.

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Pese a la crudeza de los eventos propios de una guerra, en redes sociales suele romantizarse su ejecución.

Y Amnistía Internacional documentó en septiembre de 2026 casos de extranjeros reclutados para las fuerzas rusas mediante engaños, coerción o falsas promesas de trabajos civiles, salarios elevados o acceso a la ciudadanía. La organización sostiene que algunos de esos casos reúnen características de trata de personas.

Por eso tampoco conviene colocar automáticamente bajo la etiqueta de “mercenario” a todo extranjero que aparece combatiendo. El derecho internacional establece requisitos específicos para esa condición, entre ellos haber sido reclutado especialmente para combatir, participar directamente en las hostilidades y estar motivado esencialmente por una ganancia privada, además de otras condiciones.

La otra guerra: controlar el relato

Pero las redes no sirven únicamente para mostrar soldados o conseguir nuevos reclutas. Existe también una guerra por explicar la guerra. El conflicto entre Israel y Palestina constituye otro ejemplo evidente.

La cuenta oficial de la Embajada de Israel en República Dominicana, @israelenrd, forma parte de la estructura de comunicación pública de esa misión diplomática y durante el conflicto ha difundido informaciones, declaraciones y contenidos relacionados con los ataques del 7 de octubre, los rehenes israelíes, las operaciones militares y la posición del Gobierno israelí.

Desde el punto de vista comunicacional, esto convierte una cuenta diplomática en algo más que un espacio donde se anuncian intercambios culturales, becas o actividades consulares.

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Imagen de soldados y tanques israelíes apostados en la ciudad de Gaza. EFE/Patricia Martínez-Sastre/ Archivo

Se transforma también en un canal de diplomacia pública y de defensa de la narrativa de un Estado frente a una audiencia extranjera.

Mientras las imágenes provenientes de Gaza mostraban destrucción y sufrimiento humanitario, las comunicaciones oficiales israelíes han insistido en recordar el ataque de Hamás del 7 de octubre, los secuestros y los objetivos declarados de sus operaciones militares.

Al mismo tiempo, ciudadanos palestinos, periodistas, activistas y organizaciones humanitarias han utilizado esas mismas plataformas para mostrar las consecuencias de las operaciones israelíes.

Es como un dando y dando o un pulso de poder, pero mediático. Por eso el teléfono celular se ha convertido casi en un arma adicional dentro de los conflictos modernos: no necesariamente porque dispare, sino porque construye percepciones.

Vendiendo la vida militar, ¡qué bonita es!

Existe todavía una tercera dimensión o ventana de interés. Las fuerzas armadas llevan años entendiendo que las redes son también espacios de reclutamiento.

El propio Ejército de Estados Unidos reconoce públicamente el uso de Facebook, Instagram y otras plataformas para entrar en contacto con potenciales soldados. En enero de 2026 destacó, por ejemplo, el trabajo de una reclutadora que utiliza Facebook e Instagram para responder dudas, relacionarse con aspirantes y construir confianza con ellos y sus familias.

El U.S. Army Recruiting Command ha señalado igualmente que las redes permiten alcanzar personas a las que probablemente nunca se llegaría mediante los métodos tradicionales.

Dentro de ese ecosistema aparecen además cuentas personales y de divulgación militar —como @dimelo.campion que responde a un ciudadano dominico-americano, entre otras— que hablan sobre salarios, beneficios, oportunidades profesionales, requisitos y condiciones de vida dentro de las Fuerzas Armadas estadounidenses.

En este caso conviene diferenciar ese tipo de perfiles de las cuentas institucionales oficiales, salvo que pueda comprobarse esa condición.

El resultado, sin embargo, es comunicacionalmente interesante. El uniforme deja de presentarse exclusivamente asociado al combate y comienza a venderse también como una ruta de movilidad económica, educación, estabilidad, ciudadanía, disciplina o progreso personal.

No necesariamente existe algo irregular en ello. El reclutamiento militar siempre ha utilizado publicidad. La diferencia es la forma.

Antes se trataba de un anuncio institucional. Ahora puede ser un soldado hablando frente a una cámara desde su automóvil, respondiendo comentarios, enseñando su vivienda, contando cuánto gana o explicándole directamente a otro joven cómo puede ingresar.

La institución adquiere rostro humano y el reclutamiento comienza a parecerse al trabajo de un influencer.

Pero, siempre hay un pero, es bueno señalar que ver más no necesariamente implica entender más. Lo que hace necesario e imprescindible el análisis en rigor ya sea de un periodista experimentado o de un profesional de las Ciencias Sociales que sea perceptivo y capaz de contrastar datos y evidencias para sacar conclusiones sobre lo que realmente está ocurriendo.

Una grabación puede ser real y estar fuera de contexto. Un video puede mostrar un ataque sin explicar lo ocurrido antes. Un combatiente tiene naturalmente la perspectiva de su propio bando. Una cuenta oficial comunica los intereses del Estado que representa. Una víctima cuenta su experiencia. Un ejército intenta justificar sus decisiones. Un adversario intenta desacreditarlas. ¿Entendió?

Todos tienen ahora acceso directo al público.

Por eso, paradójicamente, mientras más cercana parece estar la guerra gracias a las redes sociales, insisto en que más importante se vuelve el periodismo encargado de verificarla. Aunque es de sabios reconocer que ya el periodista no tiene el monopolio de contar lo sucedido. En eso hay que ceder.

Ya la guerra no solo combate controlando territorios. También se combate por atención, por credibilidad, por reclutas y, sobre todo, por imponer la versión de quién tiene razón cuando el mundo abre el teléfono para mirar la guerra.

Sobre el autor

Anyelo Mercedes

Es periodista y locutor. Cubre Congreso, Partidos Políticos y JCE.