Un dolor de cabeza que persiste durante días, una molestia en la rodilla que no desaparece o un dolor recurrente en la espalda pueden ser señales de que algo ocurre en el organismo.
Aunque muchas personas recurren a analgésicos y esperan que el malestar desaparezca, los especialistas advierten que dejar evolucionar un dolor agudo puede favorecer que se convierta en crónico.
El dolor es una señal del sistema nervioso que alerta de que algo no está bien en el cuerpo y constituye una de las principales causas de incapacidad y puede manifestarse como pinchazos, hormigueo, punzadas o molestias de distinta intensidad y duración.
La espalda lidera
Una investigación publicada en Nature Medicine, basada en datos de 6.1 millones de personas de 118 países, encontró que la prevalencia del dolor varía considerablemente según la zona del cuerpo, mientras el dolor facial ronda el 2 %, el de espalda alcanza cerca del 40 %.
El estudio también determinó que el dolor es más frecuente entre las mujeres en las 11 zonas corporales analizadas y aumenta con mayor rapidez antes de los 55 años; asimismo, señala diferencias relacionadas con el nivel de desarrollo de los países, especialmente durante la vejez.
Los hábitos y las condiciones de vida también tienen incidencia. A escala mundial, el 18.3 % de la carga de dolor se atribuye a tres factores modificables: tabaquismo, obesidad y bajos ingresos.
El exceso de peso, por ejemplo, incrementa la presión sobre las articulaciones.
Salvador Rivera, gerente médico de Dolor de Adium Centroamérica y el Caribe, señala que la obesidad puede aumentar entre tres y cuatro veces el riesgo de desarrollar dolor de rodilla asociado a osteoartritis.
El especialista advierte, sin embargo, que las causas del dolor son múltiples y que lo fundamental es determinar su origen, ya que un dolor persistente no debería asumirse como parte normal de la vida ni tratarse únicamente con medicamentos sin evaluación profesional.

¿Agudo o crónico?
Distinguir el tipo de dolor es fundamental, explica Rivera, el dolor agudo aparece generalmente de manera repentina y responde a una causa identificable.
El dolor crónico, en cambio, persiste durante más de tres meses y puede tener consecuencias que van más allá del malestar físico.
Rivera explica que el dolor crónico puede afectar el cuerpo, la salud emocional y la vida social de las personas. Además, mientras más tiempo permanezca un dolor sin recibir la atención adecuada, más complejo puede resultar su tratamiento.
Aunque existen dolores que no pueden eliminarse completamente, sí es posible disminuir su intensidad y mejorar la calidad de vida mediante un manejo adecuado.
Evitar automedicarse
Ante un dolor persistente, la recomendación es evitar la automedicación y acudir al médico para determinar su origen, evaluar las condiciones particulares del paciente y establecer el tratamiento correspondiente.
El manejo del dolor crónico puede requerir un abordaje multidisciplinario en el que participen anestesiólogos, algiólogos, neurólogos, traumatólogos, fisiatras, especialistas en cuidados paliativos, psicólogos, fisioterapeutas y profesionales de terapia ocupacional.
Dependiendo de cada caso, el tratamiento indicado puede complementarse con actividad física, fisioterapia, control del peso y apoyo psicológico.
La principal recomendación es prestar atención a las señales del cuerpo: vivir con dolor de manera permanente no debe asumirse como algo normal.