Diplomacia en una línea delgada

editorial

Las formas en la diplomacia no son caprichosas ni meramente protocolares, ya que responden a una lógica de equilibrio, respeto mutuo y preservación de la soberanía entre Estados. Por eso, cuando esas formas se tensan, el mensaje que se envía trasciende el gesto y se convierte en señal política.

En ese contexto, la actuación reciente de la embajadora de Estados Unidos en la República Dominicana ha comenzado a generar inquietudes legítimas. En poco tiempo, ha protagonizado acciones que, aunque pueden presentarse como cercanas o innovadoras, la colocan en una línea delicada entre la diplomacia tradicional y una práctica más disruptiva, con potenciales implicaciones.

Este fin de semana la acción que llamó la atención ha sido la promoción de su encuentro en la residencia oficial con un médico que había sido previamente cuestionado por el Ministerio de Salud Pública, tras promover tratamientos no autorizados ni científicamente validados para el autismo. Más allá de las intenciones, la coincidencia temporal proyecta un mensaje que puede interpretarse como una señal de validación, en contraste con la postura oficial de las autoridades dominicanas.

A ello se suman intervenciones públicas y mensajes en redes sociales que algunos sectores han interpretado como reproches indirectos a acciones de funcionarios dominicanos.

Nadie cuestiona la importancia de la relación entre República Dominicana y Estados Unidos, ni el valor de una comunicación fluida entre ambas naciones. Se trata, por el contrario, de una relación estratégica que ha demostrado solidez y que descansa, precisamente, en el respeto recíproco y la confianza.

Por eso, el gran desafío es que la innovación en las formas de comunicar y relacionarse no llegue a desdibujar los límites que garantizan la convivencia diplomática para no erosionar las relaciones bilaterales, especialmente entre dos aliados geopolíticos y socios comerciales muy cercanos.

La fortaleza de la diplomacia radica en la prudente claridad de sus señales y en el respeto a los marcos institucionales del país anfitrión. Todo lo demás, por más simpático o moderno que parezca, corre el riesgo de convertirse en provocación.