No bien había concluido el presidente Medina su rendición de cuentas ante el Congreso, cuando sus habituales detractores la emprendieron con descalificaciones que incluían epítetos como “mentiroso”, “fantasioso”, “irreal” y “propagandístico”.
Las críticas lucían casi todas ser emotivas, no racionales, puesto que detrás de las vaguedades e iniquidades, pocos datos y hechos las sustanciaban. Ninguno, desde Abinader hasta Moreno, pudo tomar alguna cifra, desmontarla y probar su alegada falsedad. Ninguno, desde Quique hasta Minou, pudo razonadamente fundamentar sus objeciones ni su desagrado con el discurso de Danilo
. Y quizás a eso se refería el obispo auxiliar Monseñor Escapa cuando en el Tedeum del sábado opinó que la campaña electoral ha sido de muy bajo nivel; aunque tampoco pudo el prelado señalar ejemplos u ofrecer evidencia de su parecer.
La gran falencia del debate político criollo es que sus protagonistas, casi todos, viven externando opiniones, sentimientos, propuestas o insultos, que a fin de cuentas poco contribuyen a construir consensos productivos o disensos críticos que enriquezcan las ideas nacionales. ¿Padecemos fatalmente “vacuidad terminal”?