Del cabello al control: cómo las normas de género normalizan la violencia contra las niñas
- Desde el cabello y la apariencia hasta las tareas domésticas y la movilidad, algunas prácticas normalizadas pueden limitar la autonomía de las niñas y reproducir formas de violencia desde la infancia
Santo Domingo.- María Almonte (nombre cambiado) tenía 6 años cuando una rutina de peinado se convirtió en un episodio de violencia que todavía recuerda.
“Mi mami siempre me partía el pelo con un peine y después cogía una tenaza para aplacarlo. Un día me dio un jalón tan grande que doblé la cara. Como se molestó porque no me estaba quieta, me pegó la tenaza en la cabeza y eso me dolió mucho más”, cuenta María, hoy de 13 años.
Aquel episodio le dejó dolor, amargura y vergüenza. Su historia muestra cómo una práctica cotidiana de cuidado puede convertirse en violencia cuando se impone mediante la fuerza, el miedo o la humillación.
En el marco del Día Internacional de la Niña, el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) pone el foco en aquellas prácticas y normas sociales que, bajo la apariencia de cuidado, protección o disciplina, pueden convertirse en mecanismos de control que afectan el bienestar, la autonomía y las oportunidades de las niñas.
En República Dominicana, los prejuicios relacionados con el cabello afro y rizado pueden comenzar desde la primera infancia. Para algunas niñas, peinarse deja de ser una rutina de cuidado y se convierte en un momento en el que aprenden que su cabello debe verse de una determinada manera y que, para conseguirlo, deben soportar dolor o incomodidad.
El problema no está en elegir un peinado, alisar el cabello o utilizar determinados productos. La violencia aparece cuando esa elección deja de ser voluntaria y el proceso se impone mediante jalones, golpes, insultos, amenazas o presión psicológica.
Una madre entrevistada en Haina, en San Cristóbal recuerda cómo esta práctica se convirtió en un ciclo doloroso para su hija.
“Yo le daba jalones, yo me incomodaba. La peinaba con rabia. Ella sufría mucho, que hasta el sol de hoy recuerda los golpes”, relata.
El cabello afro y rizado requiere cuidados específicos, ya que la manipulación brusca y la tensión constante pueden provocar dolor, quiebre y daños en el cuero cabelludo, además de dejar una huella emocional.
Promover prácticas de cuidado respetuosas con la textura natural del cabello también puede contribuir a que las niñas desarrollen una relación positiva con su identidad y con su cuerpo.
Pero lo que ocurre frente al espejo puede ser apenas el comienzo.
Las expectativas sobre cómo debe verse una niña forman parte de un conjunto más amplio de normas de género que también pueden influir en la manera en que viste, las amistades que puede tener, los lugares a los que puede acudir, las tareas que debe realizar en el hogar y las decisiones que podrá tomar sobre su futuro.
De la apariencia al control de la vida cotidiana
Una investigación reciente de Unicef sobre los determinantes de la disciplina violenta en el país muestra que las expectativas de género pueden generar formas diferenciadas de corrección, particularmente relacionadas con la apariencia, la movilidad y la autonomía de las niñas.
Las tareas domésticas son otro escenario donde estas desigualdades pueden comenzar temprano.
Enseñar a niñas y niños a colaborar en el hogar no constituye, por sí mismo, un problema, sino que la desigualdad aparece cuando limpiar, cocinar, fregar o cuidar a hermanos menores se asigna principalmente a las niñas, reduciendo el tiempo que tienen para estudiar, jugar, descansar y desarrollar sus propios intereses.
Esta desigualdad puede profundizarse cuando una niña es castigada por no cumplir con estas tareas mientras sus hermanos varones están exentos.
La colaboración deja entonces de ser una enseñanza de corresponsabilidad y puede convertirse en una carga asociada al género.
A su vez, las restricciones a la movilidad también pueden presentarse como una forma de protección.

Limitar los desplazamientos de las niñas para mantenerlas seguras no sustituye la necesidad de crear espacios seguros. Protegerlas debe significar ampliar sus posibilidades, no reducirlas.
Una violencia que empieza antes de la adolescencia
Más de la mitad de los niños y niñas de 1 a 14 años en República Dominicana, el 54.9 %, ha experimentado algún método violento de disciplina, ya sea castigo físico o agresión psicológica, según los datos de la ENHOGAR-MICS 2025.
Entre los niños y niñas de 3 a 4 años, la proporción alcanza el 61.4%.
El Análisis Situacional de Género de Unicef advierte que es durante la infancia cuando comienzan a instalarse normas de género que posteriormente pueden limitar las oportunidades y la autonomía de las adolescentes.
Estas normas pueden parecer pequeñas o formar parte de la vida cotidiana, pero acumuladas pueden cerrar oportunidades.
Una niña puede aprender a cuidar de su familia sin asumir que esa es su única responsabilidad. Puede cuidar su salud sin sentir que debe ajustarse a un único canon de belleza. Puede explorar el mundo de manera segura sin perder su derecho a la movilidad. Y puede desarrollar sus talentos sin que su género determine lo que se espera de ella.
Las normas de género también pueden limitar el futuro
El Análisis Situacional de Género de Unicef señala que las normas restrictivas de género están relacionadas con mayores riesgos, entre ellos las uniones tempranas y el embarazo adolescente.
Cuando una niña crece en un entorno violento y con pocas alternativas, sus posibilidades de decidir sobre su futuro pueden verse seriamente reducidas.
Por eso, cuestionar las normas que parecen inofensivas en la infancia también forma parte de la prevención de la violencia.

Lo que una niña escucha sobre su cuerpo, la manera en que se espera que se comporte, las tareas que se le asignan, los espacios que puede ocupar y las decisiones que se le permite tomar contribuyen a construir su percepción sobre lo que puede o no puede hacer.
El futuro comienza mucho antes de los 18
Transformar esta realidad requiere el compromiso de las familias, las comunidades y los medios, así como políticas públicas y servicios de protección que garanticen los derechos de las niñas.
La autonomía no comienza mágicamente a los 18 años. Se construye desde la infancia: cuando una niña puede jugar sin miedo, participar en igualdad de condiciones en el hogar, levantar la mano en clase, desarrollar sus talentos y sentirse segura de su cuerpo y su identidad.
“Las niñas tienen derecho a crecer libres de violencia y de estereotipos que condicionen quiénes pueden ser, cómo deben verse o qué decisiones pueden tomar. Invertir en las niñas significa invertir en su capacidad para decidir sobre sus vidas, permanecer en la escuela, desarrollar sus talentos y construir su propio proyecto”, afirmó Carlos Carrera, representante de Unicef en República Dominicana.
Para Almonte, aquella tarde frente al espejo quedó marcada por la tristeza. Su experiencia recuerda que prevenir la violencia también implica transformar los detalles cotidianos de la crianza y cuestionar aquellas prácticas que, por repetidas o normalizadas, pueden pasar inadvertidas.
“Las niñas tienen derecho a crecer sabiendo que su cuerpo merece respeto, que su voz importa, que su valor no depende de lo establecido como belleza y que, en esencia, sus capacidades y su futuro son ilimitados”, dijo Carrera.