Déficit ético y moral

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Nunca antes, como en el presente decenio que termina, los poderes del Estado y organismos descentralizados manejaron tan impresionantes recursos.

Imposible hacer la sumatoria de la inversión hecha en carreteras, transporte energía, salud y educación. Bastaría con decir que se calcula en miles de millones de pesos.

¿En qué se ha traducido esa inversión? En la construcción de hospitales, escuelas, plantas de energía eléctrica, construcción de carreteras, avenidas y elevados, compra de autobuses para el transporte público y construcción de nuevas líneas para el metro.

Además de costosas campañas publicitarias para promover instituciones públicas y acciones gubernamentales.

Si hiciéramos una simple operación aritmética de suma y resta las inversiones no están a la altura de las expectativas de desarrollo que se tenían a principio del periodo.

El cierre del decenio nos atrapará con una población empobrecida acosada por la miseria y el hambre, y que continua sin hallar solución a su condición económica, salvo por ciertas etapas donde el paternalismo social del Estado pone en ejecución fugaces planes asistencialistas.

A esto se agrega el déficit ético y moral que vivimos. Eso, desafortunadamente, va en aumento. Muy pocos sectores enarbolan como en el pasado, los valores patrios.

Y cada día hay mayores cuestionamientos en el manejo de la cosa pública y la acción de la justicia para hacer los correctivos que no imponen, con antelación, otros organismos del Estado, como la Cámara de Cuentas. Sin embargo, no se trata de un decenio perdido.

Todavía al pueblo dominicano le queda una vital fortaleza; y se llama esperanza.

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