De la hiel a la luz: Emil Cioran

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José Mármol

Vuelvo al aforismo. Pero, esta vez viajo hacia las raíces de uno de los pensadores más agudos y aforistas más desconcertantes y a la vez exquisitos del siglo XX.

Se trata de Emil Cioran (1911-1995), nacido en el condado transilvano de Sibu, Reino de Hungría, territorio del entonces Imperio Austrohúngaro, pero que a partir de 1921, en base al Tratado de Trianon, pasa a ser parte de Rumania.

En la Universidad de Bucarest inició sus estudios de filosofía, trabando amistad para toda la vida con escritores y pensadores como Éugene Ionesco y Mircea Eliade.

Sus obras de juventud, que van de 1934 a 1937, fueron escritas y publicadas en lengua rumana.

Entre 1933 y 1936 estudió becado en Berlín, donde entró en contacto con pensadores de la estatura de L. Klages y N. Hartmann, al tiempo que profundizó su empatía con filósofos como Nietzsche y Schopenhauer, pasando por el estudio de George Simmel y Martin Heidegger. Allí conoció y vivió la fascinación ideológica del nacionalismo radical, aunque nunca albergó ni respaldó la violencia.

Más tarde rechazó por igual el fascismo y el comunismo.
Luego de retornar a Rumania en 1936, acepta una beca del Instituto Francés de Bucarest y viaja a París en 1937. Visitaría Rumania entre finales de 1940 e inicios de 1941, para volver a París, al Barrio Latino donde siempre vivió, y nunca más pisar su tierra natal.

Entre los escasos amigos que rompían su aislamiento parisino se encontraron, además de Eliade e Ionesco, Henri Michaux, Paul Celan, Samuel Beckett y Fernando Savater. Por supuesto, también su apasionado e imposible amor, Friedgard Thoma.

A raíz del descubrimiento reciente de un conjunto de manuscritos en lengua rumana, foliados, pero sin título, que Éditions Gallimard publicó en francés en 2019, bajo el título sugerido de “Fenêtre sur le rien”, y que Tusquets Editores acaba de publicar este año en español, con traducción de Mayka Lahoz y prólogo de Nicolas Cavaillès, bajo el título literal de “Ventana a la nada”, he querido rememorar los 110 años de su nacimiento y compartir algunos aforismos y fragmentos que reflejan, por un lado, el dominio del sarcasmo y la ironía propios de Schopenhauer y Nietzsche, así como su afinidad con el pesimismo, el asco frente a la vida y el odio a todo lo establecido, que le supo siempre a hiel, incorporados desde la filosofía de Lev Shestov, construyendo una cosmovisión del desgarramiento existencial, la amargura y la putrefacción de la carne y el espíritu, a través de una escritura de altísimo vuelo conceptual y lucidez de estilo sin par.

Veamos: “Limitación fatal de la filosofía: nadie encuentra en las ideas lo que ha perdido en la vida”. O este aforismo que reza: “Lo que soy solo puede servirme para componer la imagen de aquel que ya no será”. O bien: “El miedo al ridículo te prohíbe la poesía, pero no impide el absurdo”. También este: “La vida: una anécdota en el cementerio. Una broma en el matadero”. Este otro: “Las palabras que no están al servicio de los sufrimientos del espíritu solo sirven para atiborrar a las masas”. Quizás este: “Todo es reversible, salvo el dolor”. O tal vez: “El lenguaje mudo del horror es la lengua materna del silencio”.

Seguido de: “El placer y la conciencia del placer son dos mundos diferentes; el dolor y la conciencia del dolor, una misma y única cosa”.

Cioran se sintió siempre un sujeto que tenía por misión encarnar el fracaso, la inanición, el tedio. Soportó el peso existencial de una alteridad fatal. Por eso: “Una gran existencia siempre empieza con un gran hastío”.

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