Cuando el dinero le grita a la fe

  • Peter Thiel acusó al Papa León XIV de servir a China por pedir límites a la inteligencia artificial. El público rió. En República Dominicana, donde una "ley mordaza" toca la puerta, esa risa suena a advertencia.-

Pavel de camps
Pavel de Camps, autor del artículo.

El martes de esta semana en Aspen Colorado, en el Aspen Ideas Festival, ese confesionario elegante donde la élite global piensa en voz alta mientras el resto del mundo paga las consecuencias.

Peter Thiel cofundador de PayPal y de Palantir, arquitecto financiero del ascenso del vicepresidente J.D. Vance— pronunció una frase que hace una década habría parecido una caricatura: el Papa León XIV, dijo, está "trabajando para los comunistas chinos".

El público rió.

Thiel no bromeaba.

El pecado del Pontífice no fue bendecir revoluciones ni tomar partido en guerras. Fue escribir una encíclica. Magnifica Humanitas, publicada en mayo, pide algo que cualquier madre dominicana entendería sin doctorado en Stanford: que la inteligencia artificial tenga límites, que no se convierta en arma, que el ser humano no sea reducido a dato, perfil, predicción o mercancía.

La lógica de Thiel es de una simpleza escalofriante. Si Occidente regula la IA y China no, Occidente pierde. Si el Papa pide reglas, debilita a Occidente. Si debilita a Occidente, ayuda a Pekín. Conclusión: el líder espiritual de 1,400 millones de católicos —el primer Papa estadounidense de la historia— es un agente chino.

Ahí está el veneno de la época. En ese razonamiento, toda pausa ética es sabotaje. Toda pregunta moral es debilidad. Quien diga "esperen, pensemos en las consecuencias" ya no es prudente: es enemigo. La dignidad humana queda degradada a obstáculo logístico. La conciencia, a lastre competitivo.

Y lo más revelador de aquella tarde no fue la acusación. Fue la risa.

Una risa que conocemos

Los dominicanos sabemos cómo suena el poder cuando ya no quieren límites. Lo aprendimos a un costo que ninguna otra nación del Caribe pagó igual.

Fue una carta pastoral, leída desde los púlpitos en enero de 1960, la que rompió el silencio frente a Trujillo cuando casi todas las instituciones callaban, obedecían o miraban hacia otro lado. Aquella carta no derribó al tirano, pero quebró algo esencial: el monopolio del miedo. Cuando el silencio moral se rompe, el poder absoluto empieza a envejecer de golpe.

Por eso, cuando uno de los hombres más influyentes del planeta presenta a la Iglesia como estorbo del progreso y una sala de poderosos responde con carcajadas, en República Dominicana no deberíamos escuchar un chiste. Deberíamos escuchar una señal. Las señales del poder rara vez son inocentes.

Nadie en Aspen se hizo la pregunta obvia: ¿y si el Papa tiene razón? ¿Y si pedir que las máquinas no decidan sobre la vida humana no es comunismo, sino sentido común? ¿Y si la verdadera amenaza no es regular la inteligencia artificial, sino entregarla sin frenos a quienes ya controlan los datos, las plataformas, las guerras y la economía de la atención?

Dominicanos: esta pelea también se libra aquí

Y aquí es donde este pleito lejano se vuelve carne nuestra.

A todos los dominicanos, al que madruga en la guagua, a la enfermera del turno de noche, al muchacho que vende datos móviles en la esquina, a la diáspora que sostiene medio país desde Nueva York y Madrid, les concierne una coincidencia que no deberíamos dejar pasar: mientras en Aspen se ridiculiza a quien pide límites al poder tecnológico, en RD se debate cuánta libertad de expresión estamos dispuestos a entregar.

El 3 de agosto entra en vigencia el nuevo Código Penal, cuya redacción advierten juristas serios, no alarmistas de oficio, esto puede producir un efecto limitativo sobre el periodismo de investigación y sobre el ciudadano común que denuncia en una red social. Y en el Congreso avanza un proyecto de ley de medios que amplios sectores ya bautizaron con un nombre que lo dice todo: ley mordaza.

Son dos caras de la misma moneda que Peter Thiel lanzó al aire en Colorado. Allá, el dinero quiere silenciar la ética para que nadie frene sus máquinas. Aquí, hay quienes quisieran leyes con letra pequeña capaz de silenciar la crítica para que nadie frene su poder. El instrumento cambia, allá el ridículo, aquí el expediente penal, pero el objetivo es idéntico: que preguntar cueste caro.

Un pueblo que ya vivió treinta y un años de silencio obligatorio no puede darse el lujo de la ingenuidad. Sabemos, porque lo pagamos con sangre, que la mordaza nunca llega anunciándose como mordaza: llega vestida de orden, de modernización, de protección del honor. Y sabemos también que el día en que el dominicano tenga miedo de escribir lo que piensa, no habrá algoritmo, ni encíclica, ni embajada que nos devuelva lo perdido.

No es casualidad que esta misma semana, en Santo Domingo, la embajadora estadounidense recordará que la libertad de expresión es "el oxígeno de la democracia". Cuando hasta la diplomacia siente la necesidad de decirlo en voz alta, es porque el aire empieza a escasear.

La carrera se corre sobre nuestras cabezas

Hay una segunda razón para no mirar hacia otro lado. La carrera tecnológica que Peter Thiel defiende con fervor cruzado y corre sobre nuestras cabezas, sin que nadie nos haya invitado a la pista.

No diseñamos los grandes modelos. No controlamos las plataformas. No definimos las reglas. Pero las consecuencias sí llegan: en los algoritmos que deciden qué vemos y qué dejamos de ver, en los sistemas que evaluarán créditos y empleos, en las campañas de desinformación que ya ensayan cómo torcer elecciones y fabricar consensos.

Rumbo al 2028, cuando los dominicanos volvamos a las urnas, esas herramientas estarán más afiladas que nunca: videos falsos indistinguibles de los reales, voces clonadas, ejércitos de cuentas automatizadas, odio con precisión quirúrgica. Si la única regla de la inteligencia artificial es "el que frena, pierde", los primeros derrotados seremos los países que nunca corrimos la carrera. Porque una cosa es competir en ella y otra muy distinta es ser atropellado.

De ahí que la encíclica incomode tanto. No porque sea perfecta, sino porque devuelve al centro la pregunta que muchos quisieran enterrar: ¿para qué sirve el progreso si termina debilitando al ser humano?

El mecanismo

Conviene nombrar el mecanismo, porque se repite en todas las latitudes y en todas las épocas.

Primero se ridiculiza la pregunta moral. Después se desacredita al mensajero: comunista, mojigato, enemigo del progreso. Luego se normaliza el abuso. Y al final, cuando el daño es evidente e irreversible, todos juran que nadie pudo preverlo.

Pero sí se puede prever. La imprenta expandió el conocimiento y también la propaganda. La radio educó pueblos y sirvió a dictaduras, la nuestra la usó con maestría. Internet democratizó la palabra y abrió autopistas a la mentira organizada. La inteligencia artificial no será distinta por arte de magia. Será lo que permitamos que sea.

Por eso el error de PeterThiel no es geopolítico sino moral: reducir el debate a China contra Occidente. El verdadero conflicto es otro. Es poder sin límites contra dignidad humana. Es velocidad contra prudencia. Es la tentación de construir máquinas cada vez más inteligentes mientras volvemos más dócil, más vigilada y más callada las personas.

El silencio no se regala

Se puede discutir Magnifica Humanitas. Su alcance, su lenguaje, hasta sus ingenuidades. Lo que no puede aceptarse, ni en Aspen, ni en Washington, ni en el Congreso Nacional, es que hacer preguntas sea tratado como traición, ni que responderlas sea tratado como delito.

El Papa pidió que las máquinas no manden sobre los hombres. Un billonario respondió que eso es traición. Y mientras tanto, aquí, hay quienes redactan artículos de ley que convertirían la crítica en riesgo penal.

Entre esas tres frases se juega buena parte del siglo XXI dominicano.

Nuestros abuelos aprendieron que el silencio se impone una sola vez y cuesta una generación entera recuperar la voz. A nosotros nadie nos pedirá permiso para callarnos: lo intentarán con la risa, como en Aspen, o con la letra pequeña, como en las leyes. La respuesta, en ambos casos, es la misma que dio aquella carta leída en los púlpitos hace 66 años.

Hablar. Ahora. Mientras todavía se puede.

Porque el día en que defender la dignidad humana sea trabajar para el enemigo, el enemigo ya habrá ganado. Y no será chino, ni americano, ni siquiera una máquina.

Será el silencio. Otra vez el silencio.

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Sobre el autor

Pavel de Camps Vargas

Analista de Redes Sociales | Especialista en Social Listening y Manejo de Crisis Digital | Consultor en IA y Verificación de Noticias | Consultor IT | Presentador de 'El Futuro en un Click'