Conversaciones necesarias

Lady Reyes, directora de Encuentros Interactivos.
Lady Reyes, directora de Encuentros Interactivos.

Hay textos que uno no busca, pero te encuentran. No porque traiga respuestas, sino porque formulan preguntas que evitamos hacernos. Este me encontró así, sin previo aviso y se quedó.

Dice así:
“Fui a tomar un café con mi yo de 18 años. Él llegó a la hora exacta; yo llegué cinco minutos antes. Él pidió algo dulce, yo pedí café solo. Me preguntó si habíamos llegado a viajar por el mundo. Le dije que aún nos quedan destinos, pero que ya hemos vivido más de lo que jamás se atrevió a imaginar.

Me confesó que tenía miedo de no ser suficiente. Le aseguré que lo es, y que siempre lo fue. Me dijo que sueña con hacer algo grande, pero que no sabe por dónde empezar. Le pedí que no se preocupara; le conté que ya lo está haciendo y que cada decisión valiente lo acerca más. Me preguntó si dividíamos la cuenta. Sonreí. Le dije que yo invitaba”.

Pienso que hay algo emotivo en esa escena, pero también algo que debemos mirar con cuidado porque no siempre nos detenemos a tener este tipo de pensamientos internos o conversaciones con quienes fuimos, pues gran parte del tiempo vamos viviendo en automático.

La realidad es que hay una verdad incómoda que pocas veces vemos o aceptamos: casi nunca nos sentimos completamente conformes con lo que hemos construido y solemos vivir con la sensación de que pudimos hacer más, llegar más lejos y tomar mejores decisiones.

Y esa sensación pesa más cuando recordamos lo que soñábamos a los 18 porque, en la adolescencia, todo parece posible. En nuestras mentes inmaduras no hay límites claros, ni responsabilidades que condicionen. Los sueños no negocian con la realidad, pero la vida sí.

Por eso hay quienes llegan a la adultez con una frustración silenciosa: la de no haber alcanzado todo lo que alguna vez imaginaron. No porque no hayan hecho nada, sino porque lo que hicieron no se parece exactamente a lo que soñaron. Y ahí es donde este texto cobra sentido, pero también donde necesita ser leído con honestidad: no se trata de convencernos de que todo salió mejor de lo esperado, se trata de entender que el camino no siempre responde al plan inicial… y que eso no lo invalida.

El precio de crecer
Crecer implica renunciar, ajustar, cambiar de dirección y entender que, muchas veces, lo valioso no está en haber llegado a una meta específica, sino en no habernos detenido.

Si lo piensas mejor, el gesto final “yo invito” deja de ser un detalle tierno para convertirse en algo más profundo: es asumirnos sin cuentas pendientes con quienes fuimos, no porque hayamos cumplido todo, sino porque seguimos en el proceso.

Al final, tal vez no se trata de ser la persona que soñábamos a los 18, sino de poder mirarnos sin sentir que nos fallamos y ser felices con lo que hemos construido. Y eso, en medio de tantas exigencias internas y externas, ya es bastante.