Siempre he admirado a las personas que tienen determinación, tesón, resiliencia. Aquellos que se marcan una meta y hacen todo lo que está en sus manos para alcanzarla.
Creo que la mayoría solemos tirar la toalla cuando el camino se torna demasiado difícil, y no pasa nada, pero aquellas personas que, a pesar de tener muchas veces todo en contra, siguen avanzando y lo logran, para mí son personas emocional y mentalmente fuertes.
Ahora, cuando se cruza la puerta de transformar eso en un fanatismo irracional, en creerse poseedor de la verdad y en que el fin justifica los medios, es cuando me da terror.
Son quienes confunden su objetivo con una obsesión, que son incapaces de dialogar, de ver a los demás como iguales si no piensan como ellos o si no son útiles para algo.
Y en aras de unas creencias en algunos casos, de la defensa de diferentes causas en otros, se convierten en personas extremistas, amargadas muchas veces y que ven a todo el mundo como enemigos. Creo que debe ser algo agotador.
Qué maravilloso debe ser que tengas la fortaleza de lograr tus sueños, aunque qué horrible que para ello te conviertas en una persona sin empatía por nada ni con nadie, que trates de imponer constantemente tus criterios y sobre todo te vayas a extremos tan desoladores que puedas llegar a la agresión hacia los demás. Hoy lo veo demasiado.
Me asusta en lo que se está convirtiendo el mundo porque no encuentro mi lugar. Me siento completamente frustrada porque cada vez hay menos espacios en los que no acabes teniendo que posicionarte.
Al final, eso que pudiera ser positivo, como el tesón y la determinación, se convierte en cárceles para quienes lo llevan tan al extremo que nada fuera de ellos vale.
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