Balance 2010; retos 2011
Luces y sombras marcaron el año 2010. Ante lo sucedido hay ciudadanos/nas que adoptan una postura indiferente.
Otros/as aprendemos de las experiencias y asumimos compromisos.
El año 2010 nos deja un país de acentuada desigualdad, pobreza material e institucional, una clase política y liderazgos corrompidos, inconscientes de su rol transformador, para superar una institucionalidad maniqueísta, al servicio del clientelismo, el patrimonialismo, el nepotismo y la continuidad en el mando.
En lo político, no hubo verdadera oposición, ni manifestaciones de ningún pensamiento e ideología política.
En lo económico, a pesar del crecimiento económico, en lo moral, en lo ideológico, en lo social, en lo judicial, en lo partidario, nos vimos estancados o retrocediendo.
Se reformó la Constitución, anunciada como la más grande revolución democrática.
Sin embargo, nació con el pecado original. Con el método de reforma se ignoró al pueblo, el que con una constituyente debía parir la nueva Constitución.
Se establece la reelección indefinida, con el caramelo del intermedio de un periodo presidencial, lo que deniega el principio democrático de la alternancia en el mando.
Siendo la democracia un instrumento al servicio de la libertad, la Constitución reniega de ella al cerrar el camino a la libertad de detener un embarazo, aun cuando está en riesgo la vida de la madre o en cualquier otra circunstancia extrema o abusiva.
El año 2010 nos dijo que tenemos un gobierno y congreso dispendiosos, sin control, sobre todo para garantizar la toma del Congreso y los municipios, provocando nuevamente el déficit presupuestario que pagamos todos/as.
Nos deja un país de riquísimos funcionarios que se sabe cómo acrecientan sus riquezas, mientras la miseria arropa a la mitad del pueblo, al que se le niega el derecho a una educación digna con la que puedan superar sus miserias.
Afortunadamente, en 2010 luces ciudadanas se encendieron, con Los Haitises y el 4% del PIB para la educación.
La esperanza, pues, está viva y se puede conformar la fuerza social, dueña del destino del país y vencedora de los liderazgos individualistas, negadores de los más elementales principios y valores democráticos.
El reto es mantener la llama encendida, sin dejarla apagar jamás.