Bajar el ritmo (de vez en cuando)
Siempre he sido acelerada. He ido a un ritmo vertiginoso y lo he disfrutado, no lo niego. Tener la capacidad de hacer mil cosas al mismo tiempo y rápido nunca me había estresado; todo lo contrario. Hasta ahora. Seguramente, la principal diferencia es que ahora ya no tengo 20 años, pensarán muchos, y están en lo cierto.
Pero, más que la edad, es la capacidad de darme cuenta de que ese acelere sí me pasa factura, antes y ahora. Lo que ocurre es que, cuando eres más joven, lo ves como parte de tu crecimiento. Cuando ya has crecido, lo ves como parte de tu envejecimiento prematuro. El estrés, la falta de sueño, el no priorizar una buena alimentación, el postergar hacer ejercicio… por tener muchas prioridades y todas al mismo tiempo acaba logrando que colapses.
Ese momento en el que tu doctor te dice: “Si sigues así, en diez años tu cuerpo no te va a aguantar”. Y te quedas como diciendo: “Pero eso es imposible, aún soy joven”. Ahí reconoces que has abusado de muchas cosas a nivel físico y mental, tirando hacia delante sin ver las señales, hasta que estas te dan una bofetada y tienes que reaccionar.
No voy a hablar de mi cambio de hábitos porque ya lo he hecho en otras ocasiones. Hoy quiero compartirles el hecho de bajar el ritmo, de saber decir que no, de no sentir culpa porque quede algún pendiente, de tener una lista de tareas que se pueda realizar y acabar antes de empezar otras, de dejar de abrumarme por no ser capaz de hacerlo todo y empezar a disfrutar lo que sí hago y logro.
Siempre seré acelerada, porque es mi personalidad, pero ahora sé cómo manejarlo sin que se convierta en un problema.