Aprender a donar

Editorial El Dia

Cuando se oye hablar a personal directivo del Instituto Nacional de Coordinación de Trasplantes (Incort) acerca de las peripecias de médicos y pacientes para conseguir un donante que haga la diferencia entre la vida y la muerte, se puede llegar a la conclusión de que nos falta un importante tramo por recorrer en esta forma de la empatía.

A nadie —como lo explica el director del Incort— se le pide que entregue un órgano que necesita para vivir, pero en el caso de que una persona ya no vaya a permanecer, sus familiares sí pueden donar algunos para mejorar la salud de otros.

El doctor José Juan Castillos lo explica con tal sencillez que hace suponer a cualquiera alguna falta de información en la gente común, y en la que no lo es, acerca de la ruta de una donación y los requisitos de un trasplante.

Se debe tener en cuenta, explica el director del Incort, que no es posible tomar un órgano de un cadáver y ponerlo en el cuerpo de nadie, porque, dicho en términos llanos, es una parte muerta lo mismo que lo está la persona de la que se supone que ha sido extraída.

Y en cuanto las córneas, unas membranas que pueden ser retiradas del ojo y dejarlo intacto, donarlas puede ser la diferencia entre la ceguera en una persona viva y la recuperación de la vista.

Este parece un temor atávico establecido en algún momento del devenir del pueblo dominicano, que igual es renuente a donar sangre a pesar de la experiencia común de quienes lo hacen de manera regular o esporádica.

A nadie vivo se le arranca un riñón para colocarlo en el cuerpo de otra persona, pero el dominicano tiene miedo de donar el de un familiar que ya no podrá vivir por causa de un accidente.

¿Aprenderemos alguna vez esta forma de la solidaridad?

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