Aníbal de Castro: «Hoy sabemos mucho de todo y entendemos poco de casi nada»

  • Aníbal de Castro apunta que antes el prestigio se construía lentamente: rigor, cultura general, independencia de criterio y una relación respetuosa con el lector
  • El periodista habla de su trayectoria, la inmediatez periodística, el prestigio, la credibilidad y la trasformación tecnológica

Anibal de Castro
El periodista y diplomático Aníbal de Castro.

Aníbal de Castro es un periodista y diplomático dominicano con más de 50 años de ejercicio profesional. Fue director del desaparecido vespertino Última Hora, fundador de la revista Rumbo y del periódico Diario Libre, cuya presidencia ostenta en la actualidad.

Ha sido embajador en el Reino Unido, Estados Unidos, España, Bélgica y ante la Unión Europea, así como representante del país ante la Organización Mundial del Turismo. Mantiene la columna “ADC” en Diario Libre y es un reconocido analista y comentarista del acontecer nacional e internacional.

Jesús Díaz: A lo largo de su trayectoria, ¿cómo interpreta usted el “triunfo de la información” en esta era digital? ¿Cree que hoy tenemos más información, pero menos comunicaciónn auténtica y comprensión profunda de la realidad?

Aníbal de Castro: Vivimos una paradoja. Nunca antes la humanidad había tenido acceso a tal volumen de información y, sin embargo, rara vez ha comprendido menos lo que ocurre. La abundancia informativa no garantiza conocimiento; muchas veces lo ahoga. La velocidad ha sustituido la reflexión y la acumulación de datos ha desplazado la jerarquización de los hechos.

La comunicaciónn auténtica requiere contexto, capacidad crítica y tiempo para procesar. Pero el ecosistema digital premia la reacción instantánea, la emoción primaria y la simplificación extrema. Hoy sabemos mucho de todo y entendemos poco de casi nada. El verdadero desafíoo del periodismo contemporáneo no es producir más información, sino devolverle sentido.

Aníbal de Castro: «Hoy sabemos mucho de todo y entendemos poco de casi nada»

J.D. En tiempos donde la inmediatez parece imponerse sobre la verificación, ¿considera que el periodismo ha perdido parte de su compromiso histórico con la verdad? ¿Cómo se recupera el valor de la verdad en el ejercicio periodístico?

A d C: La verdad nunca fue fácil ni absoluta, pero el periodismo serio tenía un compromiso ético con su búsqueda. Ese compromiso se ha debilitado en algunos sectores por la ansiedad de publicar primero y por la presión de las métricas digitales. El clic se convirtió en un incentivo perverso.

Recuperar la verdad implica volver a principios elementales: verificar, contrastar, contextualizar y asumir responsabilidad sobre lo publicado. El periodismo no puede competir con las redes sociales en velocidad; su valor diferencial debe ser precisamente la credibilidad. Un periodista no está para amplificar rumores sino para someterlos a examen.

J.D. Usted ha vivido distintas etapas del periodismo dominicano e internacional. ¿Qué elementos construían antes el prestigio de un periodista y cuáles cree que lo erosionan en la actualidad?

A. d. C. Antes el prestigio se construía lentamente: rigor, cultura general, independencia de criterio y una relación respetuosa con el lector. Un periodista debía demostrar que entendía el mundo antes de explicarlo. Había conciencia de oficio.

Hoy el prestigio muchas veces se confunde con notoriedad o visibilidad. Las redes sociales han creado incentivos para el exhibicionismo, la opinión impulsiva y la polarización. También ha erosionado mucho la dependencia económica y política de ciertos medios. Cuando el público percibe que un periodista actúa como activista, propagandista o mercenario, la confianza desaparece.

J.D. La credibilidad ha sido siempre el principal capital de un medio de comunicación. ¿Piensa que hoy existe una crisis de confianza hacia la prensa? ¿Cuáles son las causas más profundas de esa pérdida de credibilidad?

A. d. C. Sí, existe una crisis evidente de confianza. Y no puede atribuirse únicamente a campañas contra la prensa o a las redes sociales. También hay responsabilidades internas.

Durante años algunos medios confundieron información con militancia política o intereses corporativos. En otros casos, la superficialidad desplazó la profundidad. El público percibe incoherencias, silencios selectivos y dobles estándares. La credibilidad no se destruye de golpe; se erosiona lentamente cada vez que un medio sacrifica honestidad por conveniencia.

J.D. Muchos sostienen que estamos viviendo un período decadente del periodismo, marcado por la superficialidad, el sensacionalismo y la desinformación. ¿Comparte esa visión o considera que el periodismo simplemente está atravesando una transformación histórica?

A. d. C. Toda transformación tecnológica produce una crisis cultural. Ocurrió con la radio, con la televisión y ahora con internet. No creo que el periodismo esté condenado, pero sí atraviesa una etapa de profunda desorientación.

Hay decadencia en ciertos segmentos, sin duda. El sensacionalismo y la banalización existen. Pero también hay excelentes periodistas haciendo trabajos extraordinarios en investigación, análisis y narración. El problema es que el ruido muchas veces invisibiliza la calidad. El desafío consiste en reconstruir modelos que hagan sostenible el buen periodismo.

J.D. ¿Hasta qué punto las redes sociales y los algoritmos han desplazado el papel tradicional de los medios como intermediarios de la verdad y formadores de opinión pública?

A. d. C. Lo han desplazado enormemente. Antes los medios actuaban como filtros editoriales; hoy los algoritmos organizan la conversación pública según criterios comerciales y emocionales. Lo que genera indignación, miedo o tribalismo circula más rápido.

El problema es que los algoritmos no distinguen entre verdad y falsedad; distinguen entre contenido rentable y contenido irrelevante para la atención. Eso ha fragmentado el espacio público y debilitado la noción de realidad compartida. Cada ciudadano puede vivir encerrado en su propia burbuja informativa.

J.D. En décadas anteriores, el periodismo tenía un peso determinante en la vida política y democrática. ¿Ha perdido hoy el periodismo poder e influencia real frente a los grandes intereses económicos, tecnológicos y políticos?

A. d. C. Ha perdido monopolio, que no es exactamente lo mismo que perder influencia. Antes unos pocos medios concentraban gran parte del debate público. Hoy el poder está disperso entre plataformas tecnológicas, corporaciones digitales e influencers.

Sin embargo, el periodismo sigue siendo indispensable cuando hace su trabajo con rigor. Las grandes investigaciones que destapan corrupción o abusos de poder todavía provienen del periodismo profesional, no del rumor viral. Lo que sí ha cambiado es que hoy compite en un ecosistema mucho más fragmentado y hostil.

J.D. ¿Qué responsabilidad tienen los propios periodistas en la crisis actual del oficio? ¿Se ha debilitado la formación ética y el sentido de servicio público dentro de las nuevas generaciones de comunicadores?

A. d. C. Los periodistas tienen una gran responsabilidad. No toda la culpa es externa. El oficio requiere disciplina intelectual, humildad frente a los hechos y sentido ético. Y eso no siempre se fomenta hoy.

También hay un problema de formación. Muchos jóvenes ingresan al periodismo dominados por la lógica de la visibilidad inmediata. Pero el periodismo auténtico exige paciencia, lectura, cultura y capacidad de escuchar. No basta manejar plataformas digitales; hay que comprender la complejidad humana y social.

Dicho esto, tampoco conviene caer en el pesimismo generacional. Hay jóvenes periodistas extraordinarios. El reto consiste en transmitirles la conciencia de que el periodismo es un servicio público, no un ejercicio de vanidad.

J.D. En un contexto donde cualquiera puede difundir contenidos y opinar, ¿qué diferencia esencial debe preservar el periodista profesional para seguir siendo relevante ante la sociedad?

A. d.C. La diferencia esencial es la responsabilidad. Cualquiera puede opinar; no cualquiera investiga, verifica y asume consecuencias por lo que publica.

El periodista profesional debe aportar criterio, contexto y honestidad intelectual. Su función no es competir en estridencia sino ayudar a comprender la realidad. Mientras exista confusión, manipulación y exceso de ruido, seguirá siendo necesaria una figura capaz de separar hechos de propaganda.

J.D. Finalmente, mirando hacia el futuro, ¿cree que el periodismo todavía puede recuperar su autoridad moral y su función democrática, o estamos entrando en una etapa donde la verdad será cada vez más relativa y fragmentada?

A. d. C. Soy moderadamente optimista. Las sociedades terminan comprendiendo el valor de aquello que pierden. Cuando la mentira se vuelve sistemática y la manipulación domina el espacio público, reaparece la necesidad de referentes confiables.

El periodismo puede recuperar autoridad moral, pero no mediante nostalgia ni arrogancia. Debe hacerlo recuperando rigor, independencia y profundidad. La verdad seguirá siendo disputada, como siempre lo ha sido, pero una democracia no puede sobrevivir sin instituciones y profesionales comprometidos con buscarla honestamente.

El futuro del periodismo dependerá menos de la tecnología que del carácter moral e intelectual de quienes lo ejercen.

Sobre el autor

Jesús Díaz