Algunas lecciones aprendidas y otras tantas por aprender

Algunas lecciones aprendidas y otras tantas por aprender

Algunas lecciones aprendidas y otras tantas por aprender

Roberto Marcallé Abreu

En estas últimas semanas, hemos presenciado una suma de eventos que adelantan un invaluable cúmulo de enseñanzas.

Para quienes siguen el derrotero del país y procuran asimilarlo positivamente a fin de mejorar un estado de cosas que, por momentos, parece estancado en el tiempo y el espacio, estas experiencias deberían resultar objeto de estudio y reflexión.

Una de las lecciones de mayor contenido es el de nuestros niveles de tolerancia hacia Haití y los haitianos. Los dominicanos observan con estupor, preocupación y gran pesar el estancamiento y retroceso de esa sociedad.

Estancada en el tiempo, se ha transformado en un tremendo e irresoluble problema, sin esperanza ni futuro. Los haitianos, es la lección evidente, son incapaces de darle sentido y forma a instituciones sólidas, y, peor aún, de crear un clima de convivencia para, aún sea de forma mínima y rudimentaria, consensuar un programa de desarrollo y coexistencia colectivos.

Una actitud prudente es mantener la distancia de un estado de cosas cuya única perspectiva real es la disolución y el caos.
Ninguna persona en uso de razón se va a situar en un contexto en el que lo alcance la bala que se dispara un suicida a la cabeza.

La compasión y el acercamiento, procurar incidir positivamente en ese contexto de desastre, solo acarreará un nivel de contaminación que nos arrastrará también hacia un abismo oscuro y tenebroso. Lo aconsejable es mantenerse al margen, previsor y vigilante, no involucrarse.

En otro orden, es preciso evaluar lo ocurrido en las primarias celebradas por el Partido Revolucionario Moderno. El liderazgo del presidente Abinader es tan sólido como una roca.

Este hecho tiene su origen en haber estimulado y respetado un Ministerio Público autónomo, la persecución de las prácticas corruptas, las auditorias sistemáticas, así como preocuparse con hechos fehacientes de los desposeídos y dejar en las orillas a muchos funcionarios o partidarios que incurrieron en faltas éticas graves o cuya conducta pueda calificarse como inconveniente.

Se impuso la moderación, la eficiencia, el servicio a las causas más sentidas por los dominicanos, como mantener una actitud firme ante Haití, acarrear a los tribunales a gente sindicada como deshonesta, así como mantener una lucha sistemática (que debe multiplicarse) contra los narcotraficantes y la delincuencia, y la preocupación indeclinable por encauzar las aspiraciones y sueños de los desposeídos.

La consolidación de los mejores propósitos de esa entidad política es, tan pronto transcurran las próximas elecciones, implementar un ejercicio de depuración que elimine de sus filas a gente moralmente cuestionable.
Es preciso intensificar la lucha contra el crimen de una manera radical y dura, bien dura.

Es preciso adecentar la sociedad enviando a las cárceles a criminales, ladrones, asesinos, vendedores de estupefacientes, traficantes de ilegales, al tigueraje barrial, a violadores y abusadores de niños y adolescentes, a feminicidas, echar a un lado a negociantes de oficio de bienes y posiciones públicas, al igual que a toda aquella “militancia” indeseable, dañada y corrompida.