Algo huele mal en Jarabacoa
Hay demasiadas piezas sueltas en Jarabacoa. Y cuando tantas muertes encadenadas aparecen con coincidencias, con versiones oficiales difíciles de digerir, tenemos el derecho a sospechar que algo huele mal.
La historia que cuenta la Policía Nacional alrededor de los asesinatos de Margarita Díaz “La China”, Natanael Peña “El Cha”, el apodado “La Rata” y Miguel Marine Rodríguez “La Cabra”, supuestamente por diferencias en el mundo del narcotráfico, parece más un rompecabezas armado a toda prisa que una investigación transparente y creíble.
Primero aparece asesinada “La China” en Santiago. Horas después, surgen dos cadáveres abandonados en unos matorrales de Jarabacoa. Las autoridades aseguran que esos hombres eran los responsables del crimen anterior. Pero versiones extraoficiales sostienen algo mucho más grave: que fueron ejecutados en otro lugar y posteriormente lanzados allí para fabricar una escena.
Luego aparece otro elemento sospechoso: la famosa pistola calibre 9 milímetros que, según la Policía, fue utilizada en el asesinato de “La China”, en el doble homicidio de Jarabacoa y posteriormente ocupada a “La Cabra”, luego de ser ultimado durante un alegado enfrentamiento con agentes del Dicrim.
Demasiadas coincidencias para un solo expediente.
Resulta increíble que el arma “aparezca” convenientemente conectando todos los hechos violentos, como si se tratara de una película mal escrita donde cada escena busca justificar la anterior. Más aún cuando familiares y comunitarios de Miguel Marine Rodríguez rechazan de forma contundente la versión policial y denuncian que intentan convertir a un joven sin antecedentes en un peligroso delincuente después de muerto.
Y aquí es donde el caso comienza a despedir un olor aún más fuerte.
Porque cuando una persona cae abatida por agentes del Estado, las autoridades tienen la obligación de presentar pruebas sólidas, irrefutables y transparentes. No basta con repetir el libreto clásico del “intercambio de disparos”. Ese discurso perdió credibilidad hace años, precisamente por la enorme cantidad de casos donde luego aparecen contradicciones, manipulación de escenas y testimonios incompatibles con la versión oficial.
La indignación en Jarabacoa no surge por capricho. Surge porque la gente siente que hay demasiadas zonas grises. Porque hay cuatro muertos en menos de 48 horas conectados por armas, vehículos, persecuciones y supuestas retaliaciones criminales, pero con una narrativa oficial que parece construirse más para cerrar rápido el caso que para explicar realmente qué ocurrió.
También llama poderosamente la atención que el Ministerio Público haya ordenado investigar las circunstancias de la muerte de Marine Rodríguez. Eso significa que ni siquiera dentro del propio sistema judicial existe plena confianza en la actuación policial. Si todo hubiese sido tan claro y legítimo como se intenta vender, no existiría necesidad de abrir una investigación adicional.
No puede normalizar que cada operativo termine con sospechosos muertos y versiones oficiales blindadas antes de que concluyan las pesquisas.
Jarabacoa merece respuestas reales, no comunicados maquillados.
Porque cuando en un mismo caso aparecen cadáveres abandonados, armas “milagrosamente” conectadas a todos los hechos, supuestos enfrentamientos difíciles de comprobar y una comunidad denunciando abusos, lo mínimo que corresponde es dudar.
Y sí, en este caso algo huele muy mal.