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Yo tuve un sueño que lo cambia todo

Como Martin Luther King, también yo tuve un sueño. No era grandilocuente ni épico. No hablaba de imperios ni de conquistas. Hablaba de ciudad. De gente.

De convivencia. Soñé con aceras continuas. Con un plan de transporte que, si no fuera cien por ciento eficiente, al menos fuera funcional. Soñé con iluminación nocturna que devolviera seguridad a las calles. Con espacios públicos vivos, donde la gente pudiera sentarse, conversar, caminar, encontrarse.

Han pasado ya más de 62 años desde aquel histórico discurso del “I have a dream”. Y hoy, con la realidad que vivimos, no puedo exigir tanto. La experiencia enseña a moderar expectativas, por eso mi sueño se ha vuelto más pequeño… pero más urgente. Hoy mi sueño realista es simple: tener aceras. Aceras libres, accesibles, amigables. Aceras por doquier. Puede sonar elemental e incluso trivial, pero ¿se imagina usted, querido lector, lo que significaría eso?

Una ciudad con aceras es más que concreto al borde de la calle. Es una declaración de principios. Es decirle al peatón que importa, es reconocer que antes que conductor, comerciante o contribuyente, todos somos caminantes. En una sociedad normal, las aceras son lo lógico. Aquí, en cambio, son un privilegio, un accidente o, peor aún, un estorbo.

Nuestras aceras suelen estar rotas, ocupadas, mutiladas o inexistentes. Las invade el comercio informal, los talleres improvisados, los vehículos mal estacionados, los postes mal colocados y hasta las rampas privadas que se adueñan del espacio público. Caminar se convierte en una carrera de obstáculos. Y para una persona con discapacidad, un adulto mayor o una madre con coche, caminar es directamente una hazaña.

Hemos construido ciudades para los vehículos, no para las personas. Y eso tiene consecuencias profundas.
Cuando una ciudad no tiene aceras funcionales, condena al encierro a miles de ciudadanos, limita la movilidad de quienes no tienen automóvil, aumenta los accidentes y reduce la actividad física; debilita el comercio de proximidad, rompe el tejido social, hace que la calle deje de ser un lugar de encuentro y pase a ser solo un canal de tránsito.

Ahora imagine lo contrario: aceras amplias, continuas, bien iluminadas, con árboles, con rampas, con señalización clara; imagine poder caminar varias cuadras sin bajarse a la calle, niños y envejecientes desplazándose con seguridad, barrios donde la gente vuelve a sentarse frente a sus casas, pequeños comercios beneficiándose del flujo peatonal. Imagine una ciudad que respira.

Eso transforma economías locales, mejora la salud pública, reduce la dependencia del vehículo, fortalece la convivencia y, sobre todo, devuelve dignidad.

No estamos hablando de utopías europeas ni de modelos inalcanzables. Estamos hablando de planificación básica. De gestión urbana elemental. De entender que el espacio público es sagrado y que su primer destinatario es el ciudadano.

Las aceras son infraestructura social, pero para lograrlo hay que tomar decisiones. Hay que ordenar el uso del espacio, enfrentar intereses, fiscalizar, educar, coordinar transporte, drenaje, arbolado, iluminación y accesibilidad. Hay que dejar de ver las aceras como sobrantes del diseño vial y empezar a tratarlas como eje central del desarrollo urbano. Y sí, cuesta dinero. Pero cuesta mucho más no hacerlo.

Cada peatón atropellado, cada adulto mayor confinado en su casa, cada persona con discapacidad limitada por el entorno, cada niño que aprende que la calle es peligrosa, es una factura silenciosa que pagamos como sociedad.

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