¡Y Dios tuvo un hijo!
La paternidad es algo divino. Al anciano Abraham Yavhe le prometió una descendencia tan numerosa como las estrellas.
¡Y la vieja Sarah rió al imaginarse embarazada! La adolescente María, siglos después, quedó impresionada con igual noticia. Los años nos hacen astutos, los jóvenes se impresionan con facilidad.
Dichosas las mujeres que son capaces de concebir, frente a ello los hombres únicamente podemos admirar semejante milagro y cuidar a nuestra compañera y el fruto que se encuentra en su vientre.
Pero el hijo de María era el Hijo de Dios. ¡Y Dios acampó entre nosotros! Se hizo hombre, en todo el sentido de la palabra, menos en el pecado.
Esta paternidad de Dios, que lo define -es Dios Padre-, es la apertura a lo nuevo, a lo imposible, a la generosidad.
Es creación, el surgimiento de una nueva vida, que nos demanda cuido, entrega, amor incondicional, respeto absoluto por su alteridad. José, que no concibió a Jesús, fue su padre y es modelo para todos los que somos padres. Puso su ser hombre, su vocación paterna, al servicio de María y Jesús. Sin protagonismo, sin machismo.
¿Acaso no es la causa de muchos males actuales la carencia de hombres con autentica vocación paternal? Sea para los hijos engendrados o aquellos que sin tener sus genes demandan su protección, su guía moral, su ternura magisterial.
Hemos prostituido a tal grado la paternidad que nos horrorizamos frente a su vanalización en la política, su criminalización en la violencia intrafamiliar, su ausencia en la mayoría de los hogares.