Vivir la Semana Santa

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Altagracia Suriel

Tenemos más de 2000 años celebrando la Semana Santa, sin embargo, uno de los hitos más grandes de la fe cristiana, corre el riesgo de quedar reducido a la algarabía del viaje a la playa y a excesos con saldos de vidas perdidas por accidentes de tránsito o ahogamientos.
Vivir la Semana Santa es orar con Jesús, acompañarlo en su pasión y muerte y celebrar su resurrección.

Orar con Jesús:
Jesús nos invita a orar con Él dándonos ejemplo de que, en los tiempos difíciles, el refugio más seguro que tenemos es la oración que consuela y ayuda a comprender el sufrimiento. Jesús, como amigo, nos reitera una y otra vez la necesidad de orar: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil”, Mateo 26:41.

Acompañar a Jesús en su pasión y muerte:
Vivir la Semana Santa es acompañar a Jesús en su dolor, no al Jesús que se transfigura, multiplica los panes, hace milagros y hasta resucita muertos sino al Cristo deprimido, triste y temeroso por su destino, que suda gotas de sangre en el Huerto de los Olivos pidiendo al Padre que, si es posible aparte de Él ese cáliz pero que haga prevalecer Su Voluntad porque, aunque su alma estaba angustiada tenía que obedecerlo como nos lo recuerda en Juan 12:27: “¿qué diré: Padre, sálvame de esta hora? Pero para esto he llegado a esta hora”.

Nos interpela ese Cristo sufriente que padece ultrajes extremos y muere de muerte en cruz, como un bandido, padeciendo también la traición del Judas que lo entrega, el abandono de sus amigos que prometían beber su misma copa, pero ante su apresamiento huyen despavoridos y hasta lo niegan, como fue el caso de Pedro.

En Jesús, contemplamos el drama humano de la envidia, la codicia, la traición y el desprecio que muchas veces se imponen, pero al final son derrotados por el perdón y el amor.

Celebrar la Resurrección:
Con la Resurrección de Jesús, celebramos el triunfo de la vida que destruye la muerte, del bien que vence al mal y de la fe que supera la incredulidad y la existencia sin Dios. Como ayer, hoy Jesús sigue resucitando en nosotros cada vez que seguimos su camino de luz y salvación.

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