Río de Janeiro.- Visitar esta metrópolis es algo más que abrazar la playa y la bohemia. Así me lo hizo saber, temprano, Raquel, una mulata color de bronce y sonrisa de arcoíris que restriega las caipirinha o caipiriña en esas noches interminables de la vida.
Mucho se habla de esta ciudad, sobre todo de su lujurioso carnaval de negras monumentales, y de un cristo que en el cielo abre los brazos al mar en mirada 360 a toda la metrópolis y el mar.
Visitar a Río es cumplir un sueño y mandar al carajo a todos los demonios inconfesos que conviven con los duendes, es abrir los ojos a una vida que luce esplendorosa en sus playas, en un centro histórico, en sus lugares de encanto y en su cotidianidad agitada.
A dos cuadras de playa Copacabana me hospedé. Caminé hacia el mar para comprobar aquella fama, aquel lustre que dan las revistas y las redes turísticas. Y es verdad. Copacabana e Ipanema tienen magia y calidad: arenas finas, panorámica hermosa y gente amable que te atiende, como Raquel.
Más allá de sus 32 playas, es una ciudad con historia y bohemia para correr, parecida a las anchas calles de Nueva York y a la bohemia interminable de Madrid.
Hay ciudades que se visitan y hay ciudades que se sienten. Río de Janeiro pertenece a las segundas. Aquí el cerro abraza al mar, la samba baja de las favelas y el atardecer tiene nombre propio: Arpoador. Entre Cristo Redentor y Pan de Azúcar, entre otros lugares.

No se puede venir a Río son visitar la favela Rocinha, el más grande espacio del tejido urbano de Brasil, donde conviven la desigualdad con la cultura, la gente amable, los pequeños negocios de cerveza y las compras de artesanía. Es súper segura con la alianza de líderes comunitarios y grupos que controlan.
Hay que pasar, al menos, por el Sambódromo, espacio que muestra la experiencia de sudores y lujuriosos encantos del carnaval más famoso del mundo.
El Cristo Redentor vale la pena para subirlo en esos 710 metros sobre el nivel del mar, con sus brazos abiertos a más de 2 millones de visitantes al año.
Desde arriba, la ciudad se entiende: la laguna Rodrigo de Freitas, el hipódromo, las playas curvas y la mancha verde del Parque Nacional de Tijuca. Toda una imagen para no olvidar.
Pan de Azúcar es otro encanto en cuya cumbre el atardecer justifica el viaje. Dos tramos de bondinho llevan a los morros de Urca y Pan de Azúcar.
La Escalera de Selarón, otro encanto. Un mosaico que une al mundo con la cultura carioca, las compras artesanales y el compartir con varias culturales de visita en Río.
Previo, recorrer Lapa y Santa Teresa, 215 escalones cubiertos por más de 2 mil azulejos de 60 países es una obsesión del artista chileno Jorge Selarón, quien murió en su obra. Hoy es punto de foto obligado.
La bohemia salta en Santa Teresa y Lapa. La primera conserva el tranvía amarillo y talleres de artistas en casas coloniales. Abajo, Lapa despierta de noche con los Arcos y la samba de Rio Scenarium. Es el Río que no duerme.
La Catedral de San Sebastián no se puede dejar de lado, hay que ver esa iglesia de 1979 que rompe el diseño icónico inspirado en las pirámides mayas en sus 75 metros de altura.
Para el recorrido por la ciudad hay que tomar precauciones, según se decida tomar un tour pagado o ir independiente. Llevar a la playa sólo lo necesario para la cerveza o el trago, el agua de coco o el biscoito.
En el mar, el agua es fría, pero el oleaje domado como león cansado. Se puede un chapuzón.
Río no es una ciudad cuasi perfecta y vale la pena visitarla.
A tomar en cuenta
Moneda brasileña: Real. El cambio está a 5 reales por dólar.
Todos los negocios formales e informales manejan pagos en tarjetas, el efectivo no es tan necesario.
Mejor época para visitar: abril-junio y septiembre-noviembre, debido a menos lluvia y menos gente.
Vuelos: Desde República Dominicana vuelan varias aerolíneas que conectan con Río de Janeiro y Sao Paulo.
Sin visa: los dominicanos no necesitamos visa para viajar a Brasil, gracias a un acuerdo entre ambos países.
Señores, no hay excusa: visiten Río.
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