Virtudes y defectos de los colmadones
Para muchos, los colmadones son una desgracia, sobre todo si están en el vecindario donde ellos viven. Para otros, en cambio, el colmadón es una bendición que les abre el espacio para socializar a bajo costo y con la inapreciable comodidad de la informalidad.
Se trata de un fenómeno social de reciente desarrollo y confieso no saber si el mismo se repite en otras latitudes o si se trata de un caso único en nuestro país.
Como centro social en el que los amigos y hasta las familias completas debaten toda clase de temas y arreglan el mundo acompañados, por lo regular, de una fría, los colmadones vienen a llenar una necesidad social de esa gran masa poblacional de recursos relativamente limitados que no puede frecuentar lugares más caros y exclusivos.
Donde la cosa se pone fea es cuando en el colmadón, sea por iniciativa de su dueño o por la conducta de sus parroquianos, arman una trifulca, sacan sus armas, se caen a sillazos o simplemente suben el volumen de sus equipos de música hasta niveles insoportables que exasperan a los vecinos, con toda razón.
La paz y la armonía social se impondrían si unos y otros fueran considerados y tolerantes en sus respectivos puntos de vista, respetando cada uno el derecho ajeno. ¿Es esto demasiado pedir? ¿Es utópico? ¿Estoy soñando despierto?
Es posible que así sea. Pero, por lo menos, lo planteo aquí siquiera como un desahogo y otra idea más para mi colección de sueños que jamás se realizarán.
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