Vale matar

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Todo el que se aventura a navegar en el océano político tiene que revestirse de fibras especiales para situaciones especiales. Gobernar, decidir, no es para timoratos. Usted encara las situaciones y asume las consecuencias. Osama Bin Laden era un terrorista, pero era un ente político, una pieza del rompecabezas mundial. Estrellar aviones contra torres repletas de personas no sería olvidado; “We will never forget” dicen los cartelones y así fue.

Observé por televisión las canciones, la entonación del himno y los gritos de alegría de los jóvenes en Washington , acciones éstas que sucedieron a la noticia de la muerte del líder de Al Quaeda y, por dentro, pensaba en la señora de aquel alejado campo de nuestro país que con tanta esperanza recibía mes tras mes esos “dolaritos” que enviaba su hija que fue mesera en un restaurant del Word Trade Center hasta el 11 de Septiembre del año 2001. Hasta celebré interiormente haberla imaginado decir: maldito! Coje ahí!

Después recordé como con el pretexto de armas nucleares se invadió un país y se borró de la faz de la tierra a una cantidad de alrededor de un millón de personas, según estudios independientes (fuente Wikipedia).

Recordé como Pedro Santana hizo fusilar a Francisco del Rosario Sánchez, y cómo se dió término a los días de otros personajes menos agradables de la historia dominicana: Ulises Hereaux (Lilís) y al Generalísimo Trujillo. Me acordé de Ernesto (Ché) Guevara de la Serna y con él, de Manolo Tavarez Justo y de Francisco Alberto Caamaño Deñó. Igual suerte corrieron dos de mis ídolos: Luis Carlos Galán en Colombia y Luis Donaldo Colosio en México.

Después recordé a Abraham Lincoln, a John F. Kennedy y a Martin Luther King.

Pensé en Benito Mussolini y el probable desenlace de Muamar el Gadafi y francamente no quise recordar más personajes asesinados.

Sí vino a mi memoria algo que recordaré siempre: días después de la invasión del año 1965, mi padre se apersonó junto a mi madre a su pequeña fábrica de jabones llamados “Merengue” a orillas del rio Ozama. A simple vista los daños eran cuantiosos: fue recibido en el portón de entrada por Patricio, el encargado que se ocupaba, a la vez, de algunas gallinas que se criaban en el lugar, éste entró y comenzó a mostrarle como las tropas norteamericanas habían robado la mayoría de las aves, además de como los moldes y utensilios estaban destruídos. Mientras observaban, Patricio se dirigió al gallinero e inmediatamente, al abrir la puerta, una granada colocada como “booby trap” estalló volándole la cabeza.

Mi madre instintivamente corrió hacia una pequeña casa que había en el lugar, a la cual no penetró por los gritos de no! no! no! de mi progenitor. Esos gritos posibilitaron que ella, embarazada de una de mis hermanas mayores, Gilda, no muriera con la explosión de otra granada que había sido colocada en la puerta de la casa y que más tarde sería encontrada. De haber sucedido esto, además de haber fallecido mi madre, ni mi hermana ni yo, existiríamos.

Conservo la carta que a su vez respondía la enérgica queja que se hizo a la Embajada Norteamericana. Escueta, terminaba diciendo que lo lamentaban, que esas cosas eran “collateral damage” y “casualties of war”.

Somos espectadores y como tal, tenemos varios derechos: el de opinar, forjarnos nuestras ideas, tomar partido, etc., pero, en el fondo, no somos nada. El teatro de la vida lo deciden los que tienen poder. Los que mandan, ellos, hacen la historia y al escribirla, no se les olvidará eliminar físicamente a los que impiden la imposición del criterio propio.

Avergonzante ante los ojos de Dios, Jehová, Alá, Buda o como usted le llame.

Está demostrado, histórica y políticamente, vale matar….

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El Día

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