Una revolución de personas honestas
Por: José Ignacio Paliza.
Con frecuencia hablamos de la juventud como si se tratara exclusivamente de una etapa de la vida determinada por la edad.
Sin embargo, mi experiencia me ha llevado a una conclusión distinta. Cuando fui elegido diputado a los 27 años, era el miembro más joven de la Cámara de Diputados.
A mi lado se sentaba don Hugo Tolentino Dipp, una figura extraordinaria de nuestra vida intelectual y política, que tenía más de ochenta años y que, sin embargo, exhibía algunas de las ideas más modernas, abiertas y progresistas de todo el Congreso.
Aquella experiencia me enseñó que la juventud tiene mucho menos que ver con los años que aparecen en una cédula de identidad que con la forma en que decidimos mirar el mundo.
La juventud es, sobre todo, una actitud. Es la capacidad de mantener la curiosidad, de cuestionar lo establecido, de no resignarse frente a los problemas y de seguir creyendo que el futuro puede ser mejor que el presente.
Hay personas muy jóvenes que ya han renunciado a cambiar las cosas y hay personas de edad avanzada que conservan intacta la pasión por transformar su entorno.
Por eso, cuando hablamos de juventud, debemos pensar menos en una generación específica y más en una disposición permanente hacia la innovación, la participación y el compromiso con el progreso.
Esa reflexión nos conduce a una segunda idea. Todos somos seres políticos, independientemente de que decidamos participar o no en ella. Desde el momento en que nacemos, nuestras vidas son impactadas por decisiones públicas.
La educación que recibimos, la seguridad de nuestras comunidades, la calidad de los servicios públicos y las oportunidades que encontramos a lo largo de nuestra vida están profundamente vinculadas a la manera en que una sociedad se organiza y se gobierna.
Por esa razón, la indiferencia nunca puede ser una respuesta adecuada frente a los desafíos colectivos.
La historia demuestra que los grandes avances democráticos y sociales han sido impulsados por ciudadanos que decidieron involucrarse.
Los jóvenes han desempeñado un papel fundamental en muchas de esas transformaciones. Lo vimos en distintos movimientos que marcaron el final del siglo pasado y el inicio de este siglo.
Lo vimos en numerosos movimientos ciudadanos alrededor del mundo que han colocado sobre la mesa temas como la transparencia, la rendición de cuentas, la igualdad de oportunidades y la protección del medio ambiente.
La República Dominicana tampoco ha sido ajena a esa realidad. Nuestra historia reciente ofrece ejemplos extraordinarios de participación juvenil.
Basta recordar la movilización social que impulsó la asignación del cuatro por ciento del producto interno bruto a la educación, las jornadas cívicas contra la corrupción y la impunidad o las manifestaciones pacíficas en la Plaza de la Bandera de febrero de 2020 en defensa de la institucionalidad democrática.
En todos esos procesos encontramos jóvenes que decidieron no ser simples espectadores de la realidad, sino protagonistas de los cambios que entendían necesarios para el país.
La participación, sin embargo, no puede verse únicamente como una herramienta para reclamar transformaciones. También debe entenderse como una responsabilidad para construirlas.
Las democracias modernas necesitan ciudadanos críticos, pero también ciudadanos comprometidos. Necesitan personas dispuestas a señalar los problemas, pero igualmente dispuestas a contribuir a las soluciones.
La participación adquiere su máximo valor cuando se convierte en un ejercicio de corresponsabilidad, cuando entendemos que el futuro no depende exclusivamente de quienes gobiernan, sino también de la conducta y el compromiso de quienes son gobernados.
En ese contexto emerge uno de los desafíos más importantes de nuestro tiempo: la transparencia. La confianza pública se ha convertido en uno de los bienes más valiosos de cualquier democracia.
Las sociedades exigen instituciones abiertas, procesos claros y funcionarios capaces de rendir cuentas sobre sus decisiones.
Esa demanda no constituye una moda pasajera ni una simple aspiración administrativa. Se trata de una condición indispensable para fortalecer la legitimidad de las instituciones y preservar la salud de nuestros sistemas democráticos.
Por esta razón, cuando hablamos del nuevo liderazgo público, debemos hablar necesariamente de ética. No basta con ser eficientes. No basta con alcanzar resultados. Tampoco basta con tener buenas intenciones.
El liderazgo público exige actuar correctamente incluso cuando nadie observa. Exige comprender que el ejercicio del poder constituye una responsabilidad temporal puesta al servicio de los demás. Y exige entender que la confianza se construye lentamente mediante acciones consistentes, pero puede perderse rápidamente cuando se aparta uno de los principios que le dieron origen.
Las nuevas generaciones tienen además la responsabilidad de liderar una causa que definirá buena parte del siglo XXI: la protección del medio ambiente.
Ninguna generación anterior dispuso de tanta información sobre los riesgos ambientales que enfrenta el planeta ni tuvo tanta claridad sobre las consecuencias de ignorarlos.
El desarrollo sostenible supone satisfacer las necesidades del presente sin comprometer las posibilidades de las generaciones futuras.
Esa idea, sencilla en apariencia, implica una enorme responsabilidad para quienes hoy tienen la oportunidad de tomar decisiones y para quienes mañana habrán de tomarlas.
Nuestra propia historia nacional ofrece ejemplos inspiradores sobre el papel que puede desempeñar la juventud cuando se compromete con una causa superior.
Juan Pablo Duarte tenía apenas veinticinco años cuando impulsó la organización que serviría de base para la independencia nacional, un poco más de 30 cuando alcanzamos nuestra libertad.
Los Trinitarios, ninguno de ellos, esperó alcanzar una determinada edad para involucrarse. Entendieron que las grandes causas no preguntan cuántos años tenemos; preguntan cuánto estamos dispuestos a comprometernos.
Al final, el liderazgo no depende de la posición que ocupamos ni del título que aparece en una tarjeta de presentación.
El liderazgo consiste en inspirar confianza, movilizar voluntades y servir a propósitos que trascienden los intereses individuales.
Un verdadero líder no es quien brilla aislado de los demás, sino quien crea las condiciones para que otros también puedan desarrollarse, aportar y crecer.
Las sociedades avanzan cuando producen líderes capaces de entender que el poder no es un privilegio personal, sino una herramienta para generar bienestar colectivo.
A veces pienso que nuestra época necesita una nueva revolución. No una revolución de confrontación ni de violencia. Tampoco una construida sobre el resentimiento o la división.
Necesitamos una revolución de personas honestas. Una revolución de ciudadanos comprometidos con hacer las cosas bien y hacerlas por las razones correctas. Una revolución de servidores que entiendan que la ética no es un discurso, sino una práctica cotidiana. Una revolución de jóvenes que comprendan que el liderazgo auténtico comienza cuando se pone el talento al servicio de los demás.
Si logramos construir esa revolución de los honestos, si logramos que la participación se encuentre con la ética, que la juventud se encuentre con la responsabilidad y que el liderazgo se encuentre con la transparencia, tendremos no solo mejores instituciones, sino también una mejor República Dominicana. Esa es una tarea que vale la pena asumir.