La palabra geopolítica es cosa vieja, pero por esa capacidad que tiene el imperialismo para imponer su lenguaje y sus valores ideológicos, dicha palabra ha sido desempolvada y está de moda. Ahora, todo está determinado por los intereses geopolíticos, por la geopolítica, la geoeconomía, la geoestrategia, y así por el estilo.
Peor aún, parte de la intelectualidad revolucionaria y progresista parece haber perdido la confianza en las ciencias sociales, y perdido el valor ideológico para galopar contra el viento predominante, ha incorporado ese término a su arsenal y lo usa como si la geopolítica tuviera rigor científico para el análisis.
Para la doctrina marxista, que sigue siendo todopoderosa por ser cierta, la geopolítica es una de las tendencias más reaccionarias del pensamiento político burgués, ella exagera la importancia de los factores geográficos, tales como la ubicación y el tamaño de los países, y es uno de los fundamentos de la política exterior de las grandes potencias capitalistas. De la concepción geopolítica se derivan teorías como aquellas de la “insuficiencia del espacio vital”, las “fronteras naturales”, la desigualdad de las razas, con todas sus consecuencias.
Según lo poco que he leído, la geopolítica surgió en tiempos de la Primera Guerra Mundial; y, entre el fin de esta guerra y la Segunda, esa doctrina se asumió intensamente en Alemania hasta convertirse en fundamento doctrinario oficial del gobierno nazi, en la motivación de sus ambiciosas empresas de guerra por conquistar el “espacio vital de la nación alemana”, mediante el sometimiento y el despojo de los demás países.
Tras la Segunda Guerra Mundial, la geopolítica se extendió a Estados Unidos y otras potencias como doctrina de la lucha por la hegemonía mundial, entre cuyos rasgos más visibles y reaccionarios se cuentan el expansionismo, el racismo, la tendencia al armamentismo, la agresión y la guerra de conquista, el nacionalismo de gran potencia, la xenofobia y el hegemonismo más brutal.
No es extraño que bajo el reinado ultrareaccionario de Donald Trump, cuando todas esas manifestaciones viciosas se han elevado al tope y han emponzoñado el ambiente, la geopolítica se haya vuelto a poner de moda.
Pena que algunos integrantes del movimiento progresista, arrastrados por la avalancha del “modernismo teórico”, se aparten de las categorías y la literatura tradicional de los marxistas y anden usando la geopolítica, y no los intereses económicos y la lucha de clases, para explicar las causas determinantes del desarrollo de la sociedad y los acontecimientos del mundo.
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