Una nación que se diluye
Son muchos los factores que nos hacen dudar que seamos un Estado organizado, pues la realidad demuestra lo contrario.
No es que hayamos perdido la fe, sino que se nos ha extraviado y no sabemos dónde está, lo que obliga a un gran esfuerzo solo comparable a cuando los que creemos tener algo de raciocinio tenemos que escoger entre quienes nos engañan y los que nos han engañado, si acaso eso sea necesario.
No creo, como sostienen algunos, que todo marcha bien, que los acontecimientos cotidianos que nos agobian (corrupción, violaciones de la ley y pasividad para defender lo que queda de nuestra soberanía) son cosas que ocurren en todas partes y que por eso debemos aceptarlas.
No hay que remontarnos a nuestra accidentada Historia, caracterizada por intromisiones extranjeras, ocupaciones militares, dictaduras insoportables, gobiernos desteñidos y presidentes incapaces de resolver los problemas de la marginalidad y el hambre, entre otros, para darnos cuenta de que todo se repite. Hace tiempo que dejamos de ser una nación realmente democrática y de tener líderes responsables.
La casi totalidad de los políticos de hoy son mercenarios, no líderes. Los líderes trazan las pautas. Son odiados y amados al mismo tiempo. Los mercenarios no. Nadie los ama o los odia, aunque razones no faltarían para odiarlos. Son simples fichas del ajedrez político.
Ellos siguen a los líderes, como la mesnada que obedece al capitán de la tropa, que puede tener poder pero que tampoco es líder.
La mayoría de los políticos de hoy se vende al mejor postor, mientras la nación se diluye ante los embates de la corrupción, el crimen y la indolencia de los ciudadanos, que siguen echando vivas a los responsables de eso, quienes siguen por ahí como si tal cosa.
* Por Santiago Estrella Veloz
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