Una embajadora del gran garrote
Decía un campesino de Gaspar Hernández que los presidentes norteamericanos nunca visitan nuestro país porque los presidentes dominicanos se les adelantan y desde antes de tomar posesión van a Washington. Así, Severo Sosa me representaba la relación de imperio a colonia que se ha establecido a lo largo de la historia.
Ya en 1901 el presidente Teodore Roosevelt habló de la política del gran garrote y nuestro país ha sido víctima de la misma. La toma de las aduanas en 1908, la ocupación militar del 1916 al 1924 que engendró a Trujillo, la permanente injerencia en los asuntos políticos y estatales, la segunda ocupación en 1965, la imposición del gobierno balaguerista de los doce años, la participación de agentes de la CIA y de otras agencias yanquis en la guerra sucia que costó tantas vidas durante ese período.
Luego, la manipulación de las instituciones nacionales por agentes y organismos norteamericanos. Para ellos, todo es muy simple: Washington manda y Santo Domingo tiene que obedecer. Está documentado que al referirse a Balaguer, el presidente Lyndon Johnson dijo en 1965: “Pongan a ese individuo en el poder, allá abajo”. Claro, que hablaba desde el cielo hacia un abismo. Y Balaguer fue impuesto.
Una llamada del secretario Mike Pompeo hace que el presidente Medina desista de su afán por reelegirse.
Hoy la arrogancia es mucho mayor con Donald Trump en la Casa Blanca. Y la embajadora Leah Campos está convencida de que un país bananero, desde el cual operan tropas yanquis, no debió asistir a una reunión como la de Barcelona. Por eso, como la cosa más ordinaria del mundo, le da un regaño público al Gobierno. Y el Gobierno, sin invocar ningún principio de soberanía, responde pobremente, a la defensiva, para explicar que asistió apenas como invitado.
Más exigente aún veremos a la embajadora y más comprometida se verá la maltratada dignidad de República Dominicana. Y como todo debe ser alineamiento y obediencia, ojalá no llegue el día en que al país se le convide a participar en agresiones propias de la política del gran garrote contra otros pueblos.
Con la soberanía cada vez más comprometida, el reto de salir en su defensa está planteado.
Cierto, que hay mucha claudicación y mucho silencio cómplice. Pero no faltan ni faltarán los que denuncien, protesten y resistan inspirados en el ejemplo de aquellos que, justamente un 24 de abril memorable, hace 61 años, decidieron resistir dignamente frente a la prepotencia del gran garrote.
