¡Una bonita experiencia!
Hay momentos en la vida pública donde las cifras y las estadísticas, aunque son esenciales para la construcción de políticas, carecen de precisión y no terminan por ser concluyentes. Hay episodios especiales que se sienten, se respiran y quedan grabadas en la memoria colectiva de un pueblo. La primera Feria Regional del Libro y la Cultura Cibao 2026 ha sido, para quien suscribe estas líneas, y para miles de visitantes, una de esas experiencias.
Durante varios meses un gran equipo de colaboradores trabajó con ahínco, determinación y buen propósito, en los preparativos de la recién finalizada primera feria regional. Desde el Ministerio de Cultura y en coordinación con la oficina de la señora vicepresidenta de la República, Raquel Peña, elaboramos una agenda programática y cultural muy abarcadora: se realizaron 257 actividades por espacio de siete días en el recinto ferial ubicado en los jardines del Gran Teatro del Cibao y, de manera complementaria, el desarrollo de actividades en el Monumento a los Héroes de la Restauración, el Ateneo Amantes de la Luz, el Centro Cultural Banreservas, Centro de Convenciones y Cultura de Utesa, el Centro Cultural Ercilia Pepín, entre otros.
Santiago de los Caballeros se convirtió en el corazón palpitante de la cultura dominicana, al acoger un modelo de estímulo y promoción alrededor del libro, la lectura y las expresiones culturales propias de las catorce provincias que conforman la región. No era un evento cualquiera. Fue una declaración de principios.

Esta feria nació como expresión de un auténtico compromiso con la descentralización cultural: ampliar el acceso, fortalecer capacidades y visibilizar los procesos culturales existentes en muchas comunidades. La cultura no es posible crearla ante el confinamiento de paredes frías ni en espacios cerrados; la cultura vive en la gente.
Propósitos y perspectivas
El eje central de la feria lo constituyó el Pabellón Regional, conformado por catorce módulos, uno por cada provincia participante, donde se exhibieron manifestaciones del patrimonio histórico, artístico y cultural de cada demarcación.
Ver, por ejemplo, a Montecristi junto a Samaná, a Duarte junto a María Trinidad Sánchez, a Puerto Plata junto a Dajabón y Monseñor Nouel, todos bajo un mismo techo y en igual dignidad, fue una imagen que resume la mayor aspiración de todo evento cultural: integración, reconocimiento y sentido de pertenencia.
Las ferias del libro y cultura no son simplemente lugares donde se compran y se venden títulos. Son espacios donde las ideas circulan, el pensamiento se perfila; donde una niña o niño puede tocar por vez primera la cubierta de un libro que cambiará su vida. La programación fue concebida entre presentaciones de textos, talleres de escritura, paneles, recitales, actividades infantiles, exhibiciones de artes visuales, proyecciones cinematográficas y espectáculos escénicos. Esa diversidad no es accidental, es una apuesta deliberada por la inclusión.
Esta primera edición estuvo dedicada al presidente Ulises Francisco Espaillat, con motivo del sesquicentenario de su gobierno. Rendirle tributo a un hombre de pensamiento preclaro que entendió, hace más de 150 años, que sin educación no hay república posible, fue un reconocimiento a la conciencia histórica e intelectual del Cibao. Los pueblos que olvidan a sus pensadores y referentes morales se condenan a repetir sus errores; los que los honran, aprenden de su legado, y ese ha sido el propósito de la comisión creada por el presidente Luis Abinader, y de la que he tenido el honor de presidir.
Otros espacios
El Pabellón Central de libros reunió quince editoriales, tres distribuidores, una fundación y nueve librerías, para un total de 115 sellos editoriales representados. Esto no es un dato menor, es la prueba de que la industria literaria está viva, de que hay dominicanos que escriben, que publican, que distribuyen conocimiento y que requieren del acompañamiento del Estado. Otro de los objetivos de la feria era el de conectar a las nuevas generaciones con el prolífico del libro y el conocimiento para, a su vez, cumplir con una función de impulso económico y cultural.
Desde el primer día se registró una notable asistencia de público, con estudiantes de escuelas públicas, colegios privados, y universidades, entre los visitantes. Esa imagen, la de los jóvenes recorriendo los pabellones, hojeando libros, participando en talleres y descubriendo el cómic como forma de arte, son los recuerdos que aportan mayor sensibilidad y perspectiva de futuro. No hay mejor inversión que la que se hace en la formación del criterio de toda una generación.
Eventos como este tiene un significado que regularmente suele subestimarse: el valor del encuentro. En tiempos donde la pantalla sustituye cada vez más al diálogo presencial, una feria del libro y cultura convoca a la gente a salir, caminar entre sus conciudadanos, convida a conversar con un autor, a escuchar una ponencia, a debatir.
Uno de los propósitos esenciales de esta gran fiesta cultural ha sido potenciar su capacidad integradora. La integración debe ser promovida, estimulada, provocada; la misma ocurre cuando la gente comparte un espacio y descubre cuánto tiene en común.
Al trazar las políticas culturales del Estado, hemos asumido la tarea de institucionalizar este evento anualmente, por ello, ha sido anunciada que, desde el 19 al 25 de abril del próximo año, desarrollaremos la segunda edición de la Feria Regional del Libro y la Cultura Cibao 2027.
Este planteamiento es una necesidad estratégica. Las tradiciones culturales construyen identidad, y la identidad es el cimiento sobre el que se levanta todo proyecto colectivo duradero. El Cibao tiene una personalidad cultural extraordinaria, forjada a lo largo de siglos, y merece un espacio propio, regular y creciente, para celebrarla y transmitirla.
Al cerrar esta primera edición, lo que prevalece no es solo el recuento de actividades o el número de visitantes —que superó todas las expectativas— queda la certeza de que cuando el Estado apuesta por la cultura con certidumbre, con objetivos concretos junto a un plan estratégico de desarrollo, la gente responde. Queda el recuerdo de familias enteras recorriendo los pabellones, de escritores debatiendo ideas, de artesanos mostrando su oficio, de niños descubriendo que leer es también una forma de libertad.
Como lo establece la investigadora en políticas culturales, Jazmín Beirak, en su libro Cultura Ingobernable: “la cultura es, por su propia esencia un territorio de comunidad”.
Eso, en definitiva, es lo que justifica cada esfuerzo: una bonita experiencia que ya es, también, historia.
