Un pozo negro y profundo

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Roberto Marcallé Abreu

Por supuesto, no la estaba mirando. Por sus palabras y su tono, podía imaginar sus ademanes, escuchar sus énfasis verbales y meditar en su estado anímico. Maritza, una amiga de mucho tiempo, se rehúsa a conectar el video.

Imagino sus motivos. El tiempo pasa y va dejando huellas imborrables tanto en el cuerpo como en el alma. Esta dama posee un notable nivel intelectual. Graduada en varias disciplinas, sus juicios son agudos, profundos.

“Yo apuesto a la esperanza”, dijo. “El horizonte está plagado de nubes oscuras. Pero, resulta evidente, hay rayos de luz que dispersan las tinieblas y su resplandor, tarde que temprano, terminarán por esclarecer todo el horizonte. Por ejemplo, los juicios que se hacen a los acusados de prácticas corruptas. El presidente está creando nuevos paradigmas de conducta en el Estado”.

Se tomó un respiro y manifestó, a seguidas, que la actual administración “tiene conciencia del tiempo. Puede parecer una eternidad, pero cuatro años son apenas un brevísimo período en el que es preciso iniciar un proceso que deje huellas indelebles en la conducta pública, huellas que sienten las bases para que no se repitan hechos que nos llenan de vergüenza”.

Le dije, interrumpiéndola, que al presidente Abinader y su equipo les ha tocado lidiar con los años más difíciles que se recuerde desde el 1961 hasta ahora. Puede que en toda nuestra historia.

En primer término, la pandemia. Y, a seguidas, enfrentar las prácticas deleznables y sus secuelas en el manejo de la cosa pública, lo que alcanzó niveles de horror en los años 2012-2020.

-Nos dejamos engañar vilmente –confesó Maritza-. Creo que a nadie se le ocurrió pensar, ni por asomo, que ese individuo que asumió el poder en esos ocho años tendría tal capacidad para arrastrar al país a niveles de degradación que carecen de precedentes.

Ese personaje y sus seguidores provocaron un daño tan profundo que pasará mucho tiempo antes de que conozcamos en detalle tal grado de perversidad y maldad, lo hondo que caímos en un pozo negro y turbio, al que fuimos arrojados.

“La podredumbre fue tan devastadora que involucró a gente de todas las clases sociales, a todos los partidos políticos, a los seguidores de los diversos credos religiosos, a la sociedad en su totalidad…”

Pensé, entonces, en otra conversación que sostuve con un antiguo compañero de estudios en la Universidad del Estado, una persona excepcionalmente sabia y documentada. No puedo repetir, por lo ofensivas que resultan, las palabras que utilizó para calificar al ex mandatario y su prontuario de maldades, las secuelas que dejó su proceder.

Sí indicó que la sociedad dominicana alcanzó niveles de descomposición y contaminación escandalosos como corroboró el amigo Daniel Contreras.

A seguidas, citó el denominado “Caso Coral”, un desfalco que se estima en 20 mil millones de pesos. Mencionó la circulación de posiblemente de miles de billetes de dos mil pesos, no autorizados por el Banco Central, el caso de la Autoridad Portuaria, donde su antiguo administrador permitió nóminas de hasta 300 “empleados fantasma”, el caso de las licitaciones y el fraude contra dueños de bancas radicados en el exterior.

Por eso, en medio de las condiciones más adversas, los dominicanos optaron por un presidente y una administración que pusiera término a un estado de cosas que arrastraba sin tregua al país a su liquidación definitiva. Vivimos una confrontación dura y dolorosa que apenas si empieza. Todos somos testigos.

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