Un pobre millonario

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A todos nos han enseñado, aunque no sea una lección aprendida, que no se debe hacer leña del árbol caído.

Y esa enseñanza cobra más valor cuando se trata de un árbol que ha dado sus frutos, aunque fuese para fines puramente particulares.

Ese árbol, como si fuera un ser animado, le jugaba malas pasadas a cualquiera que fuese a cobijarse bajo su sombra.

¡Era implacable! Aún así, el pueblo, la mayoría, le celebraba sus travesuras, sus bellaquerías, y se las atribuían a la “frondosidad” que exhibía su cabeza.

Siempre lució inmaduro, aparentemente distraído, indiferente hacia sus semejantes, pero trabajador y muy ambicioso.

Desleal, como la mayoría de los hombres, capaz de fingir lesiones y medalaganario cuando no quería cumplir con su deber contractual.

Aparentemente el tiempo y la “impotencia” lo pusieron tramposo, irrespetuoso de la actividad que lo hizo “poderoso”.

¡US$202 millones! Los dueños del negocio también le permitieron algunas violaciones conductuales, principalmente mientras estaba en pleno apogeo. Sus registros son comparables con los mejores, pero el alcance de su mácula siempre caerá en el campo de la especulación.

En cumplimiento del oficio fui víctima de sus burlas. Aún así, aunque no soy juez y no estarás en mi salón de la fama, ¡te perdono Manny!

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El Día

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