En condiciones de pacífica estabilidad, las naciones tienden a prosperar en todos los campos, particularmente aquellos generadores de riqueza, a los que se sienten naturalmente inclinadas las naciones.
Cuando predomina el conflicto social, la inestabilidad política y la pugna se vuelve permanente, el espíritu de prevención se impone y se embotan las iniciativas.
Lo que es válido en este punto acerca de las naciones vale también para el mundo.
Con una mirada es suficiente para hacerse cargo de la creciente tirantez en las relaciones internacionales, la cual amenaza con envolver en la vorágine del conflicto a naciones y sectores que en condiciones fluidas estarían dedicando energías, creatividad y recursos, a la construcción de un ambiente feliz, en la medida que le es permitido a la condición humana.
Ante el riesgo de la confrontación, previsible o no, el impulso al recogimiento es inevitable, una inclinación a la que deben sobreponerse los pueblos.
La autarquía no parece un camino auspicioso para nadie en estos tiempos, ni siquiera para los grandes países cargados de recursos naturales, y no lo es porque el intercambio de ideas, estilos de vida y recursos es hoy día importancia universal.
La conexión no es en estos tiempos sólo la base de grandes ríos de información, también del comercio, el solaz y la diversión.
Por lo visto nos hallamos, como hace cien años, ante perspectivas encontradas acerca del destino del mundo, y si es así, se impone la adopción de posiciones inteligentes, tanto en las políticas internas, como en las que conciernen a los asuntos exteriores.