Un fondo oscuro y aterrador…

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Usted sale a la calle e inmediatamente tropieza con esa atmósfera, ese malestar, esa actitud en la que se adivina no solo ansiedad, sino una irreductible angustia y una devastadora amargura.

No quiero utilizar la palabra miedo, aunque, ciertamente, uno encuentra decenas de rostros agobiados por la desesperación.

Si hay un “mérito” (la palabra correcta es otra) que debemos concederles a ciertos dirigentes y sus seguidores, es haber robado al ciudadano la tranquilidad, la paz, el sosiego y la seguridad.

En la publicidad, generosamente pagada por el contribuyente, podrán utilizar toda la parafernalia de la supuesta “satisfacción pública” (en el fondo y aunque se trata de actores, sus patrocinadores se están riendo de ellos y de nosotros). Los “spots” concluyen en que “aquí hay futuro”. Les rogaría que me lo mostraran con datos y estadísticas. Yo prefiero que me cuestionen por este lamentable presente.

La gente que uno conoce, personas que tuvieron sus épocas felices, sus malos momentos, sus altibajos, pero en la que perduraba la esperanza de tiempos más promisorios, se rehúsan a utilizar muchas de las expresiones que antes caracterizaban sus diálogos.

El optimismo palidece o sencillamente ya no cuenta, se esfumó. Y uno piensa en esos sujetos en quienes, una vez, ingenuamente, llegamos a creer que encarnaban los ideales nacionales, un porvenir deslumbrante, y la república que soñaron Juan Bosch, y el hacedor de la patria, Juan Pablo Duarte.

Esos personajes nos miran y miran a esos grandes hombres y sus carcajadas amenazan con reventarnos los tímpanos.

Nos utilizaron, y lo siguen haciendo. Si Duarte y Bosch resucitaran de sus cenizas y constataran en lo que ha devenido este pobre pueblo, este sufrido país, buscarían soga y se ahorcarían con sus propias manos. Atribulados, de seguro, por sus sueños marchitos, sus esperanzas destrozadas, su absoluta y definitiva derrota.

¿Acaso es para menos? El dominicano ha sido transformado en un ser abatido, desesperanzado, lleno de ira, y hasta peligroso. La mayoría de las personas con las que he conversado últimamente, y me refiero a gente formal, seria, responsable, trabajadora, dice que quiere largarse del país.

No soporta más. Repugna de este presente y lo que nos aguarda al doblar de la esquina.

Las yolas, inseguras hasta los límites del colapso, o el tumulto cotidiano en la Dirección de Pasaportes, no son, exclusivamente, accidentes folklóricos.

Son, en verdad, evidencia de una actitud que se aproxima al abandono, a la pérdida de la esperanza, al miedo de lo que se aproxima. ¿Saben ustedes lo que dicen los venezolanos? “Esto ya lo hemos vivido… sabemos lo que viene”. No atrapan más yolas porque, como somos lacayos, levantamos barrotes al desasosiego.

Las perspectivas no son auspiciosas. Hay temibles alarmas que revientan a cada instante. La riqueza mal habida, la deuda, el total desorden institucional, esa ausencia arrogante de comedimiento. La actitud de esa gente es, ahora, más tosca, burda, grosera.

Todo le da lo mismo. “Se fuñirán los otros, pero ni los míos ni yo”, proclaman. Lo suyo y los suyos están asegurados.

Se les advirtió: Puerto Rico, un barril sin fondo donde la corrupción insaciable y la mala administración esfumaron setenta, ochenta mil millones de dólares. ¿Y ahora? Desesperanza, sufrimiento. Los humillan y avergüenzan. Están de rodillas.

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