Un buen pendejo
Ayer los tres mosqueteros me celebraron el Día del Padre que nunca será como el de las Madres, pues ella es la esencia de la vida y yo apenas soy un soplo.
Como siempre le ando buscando la quinta pata al gato, cavilé sobre el merecimiento del homenaje y si este guardaba relación con el simple hecho de haber puesto parte de la simiente que les dio vida.
Si la razón era sólo esa me dije- no tenía sentido compartir la mesa. Cualquiera engendra con tan sólo poseer un órgano reproductor sano, sea con amor, bajo consenso, disenso, con violencia o, simplemente, hasta en base a la caridad de donar el semen. No por las situaciones antes expuestas se justifica llevar la etiqueta de papá.
En ese contexto, decidí hacerme una autocrítica que, lamentablemente, me conduce a hablar de mí. Pido perdón por el yo impúdico. ¿He dado ejemplo de honestidad a mis hijos? ¿Puedo justificar ante ellos cualquier centavo que tenga o deje de tener? ¿Los he contagiado con el apego al trabajo disciplinado? ¿He inculcado en ellos solidaridad, compasión, amor al prójimo, respeto a la ley?
¿Han aprendido a vivir con los bienes materiales a su alcance sin inmutarse ante la abundancia que tengan otros? ¿Reciben educación de calidad aún a riesgo de quedarme en chancletas? ¿Viven en espacio digno? ¿Soy para ellos más papá que periodista? ¿Están aprendiendo, con mi ejemplo, a respetarse a sí mismos?
¿Me han visto decir siempre lo que pienso y ejercer la profesión elegida como un sacerdocio, sin prevalerme de los poderes que le son intrínsecos para levantar fortuna mal habida? ¿Han asimilado el paradigma de que se puede tener éxito sin ser deshonesto?
Como todas las respuestas fueron positivas a juzgar por los pliegos espontáneos que me escribieron mis hijos- hoy llamaré a Pablo Mckinney para renovar mi membresía en el Club de los Pendejos. Prefiero ser eso: un buen pendejo y no un mal papá.