Domingo, 22 de septiembre, 2019 | 4:26 pm

Un amigo verdadero es un tesoro



Sé muy bien que por estos días gran parte de nuestros lectores están inmersos en porfías y enjundiosas reflexiones sobre delfines, leones, tilapias, guabinas y abusadores.

Sin embargo, y con su permiso, hoy prefiero hacer una pausa en esas discusiones, que igual me apasionan, y expresar mi humilde parecer sobre el valor de un amigo.

Para mí, un amigo verdadero es un tesoro invaluable. Y lo que más se le acerca es un hermano, siempre y cuando sea buen hermano y mejor amigo.

Los padres, hermanos, abuelos, tíos y primos te vienen “asignados”, independientemente de tu agrado, simpatía o voluntad.

Tú no eliges a ninguno de ellos. Tampoco los puedes “cancelar” de sus “cargos” mediante decreto, por más que te desagraden.

Los amigos, por el contrario, son de tu exclusiva responsabilidad. Padres, maestros ni hermanos, y menos otro amigo, pueden decirte quién será tu mejor amigo. Y si te lo dicen, si pretenden imponerte su criterio, generalmente chocan de frente con tu particular parecer. Así de simple.

Sócrates, el gran filósofo griego, decía que un amigo ha de ser como el dinero, que “antes de necesitarlo se sabe el valor que tiene”.

A mis hijos y sobrinos, de quien no pretendo ser amigo, si ello implica dejar a un lado mi responsabilidad de papá o de tío, les sugiero que escojan bien sus amistades, pues no tienen ninguna excusa si en lugar de diamantes seleccionan escorias.

Y no hablo precisamente de discriminar, sino de saber seleccionar.

Tampoco se trata de elegir alcahuetes, pues cada alabanza de uno de estos “amigos complacientes” tiene un precio. Ningún aplauso de gente así viene gratis.

Me llevo de aquel consejo de Don Bosco cuando decía: “No consideres como amigo aquel que siempre te alaba y no tiene valor para decirte tus defectos”.

Y es cierto. El amigo verdadero comparte tus alegrías, se alegra de tus triunfos, pero cuando tiene que decirte dos verdades, aunque te duelan, te las canta de frente, como debe ser.

Para mí es una dicha contar con grandes amigos, un par de ellos desde la infancia, otros de la adolescencia o la adultez. Con el tiempo he ido sumando algunos, pero siempre he tenido claro que más que la cantidad, cuando de amigos se trata, lo importante es la calidad.

A veces me pasan meses, años, sin ver a algunos de ellos, pero me basta con saber que están bien y me consta que, si es preciso, una llamada es suficiente. Soy un afortunado.

Un verdadero amigo jamás envidiará tus éxitos, al contrario, se enorgullece como si fueran propios, y si está en sus manos te ayuda a conseguir tus metas; pero tampoco es prepotente, no se aprovecha de ti ni te traiciona.

De hecho, la amistad casi siempre tiene su origen en la admiración y tolerancia mutua. De ahí se derivan entonces el respeto y la solidaridad incondicional, que solo pueden ofrecer los amigos verdaderos.

Dichosos aquellos que pueden contar con buenos amigos.

Yo puedo presumir de tener unos ocho o diez grandes amigos, y eso me honra.

German Marte

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