Turismo colonial y cruceros
Caminando por las calles de la ciudad amurallada en Tallinn, Estonia, observaba a miles de turistas, provenientes de más de media docena de barcos atracados en las diferentes facilidades especializadas dispuestas en la entrada del puerto de la ciudad, y me pregunté: ¿qué pasa en Santo Domingo, que a pesar de tener una riqueza monumental más hermosa, no logramos algo así?.
Lo primero que hice fue mirar hacia arriba y me di cuenta que no había ni un alambre eléctrico, ni de comunicaciones, permitiendo la plena lucidez de las edificaciones y un horizonte ininterrumpido. Bajé un poco los ojos y observé edificaciones restauradas, nítidamente pintadas, sin un grafiti, letrero comercial o político que entorpeciera la majestuosidad urbana frente a mí.
Di un paso por calles peatonales y no había peligro de fracturarme un tobillo por aceras rotas, ni tapas de registros ausentes. Calles adoquinadas, o en piedras bien niveladas, que contribuian a la ambientación, haciendo del paseo urbano una experiencia agradable.
Respiré hondo y no percibí pestilencia alguna proveniente de basura expuesta y aún pendiente de recogida. Es más, no vi basura alguna frente a las edificaciones a lo largo de las decenas de calles que ocuparon mi día.
Escuché atento, oyendo las voces de la multitud y alguna que otra vez una música folklórica de fondo, cual suave melodía que invitaba al paseo descansado. No percibí estridencias, bocinazos, gritos entre vecinos o altoparlantes promoviendo cualquier causa.
Entré a varias de las decenas de tiendas de recuerdos y souvenires, y no fui presionado para adquirir objeto alguno. Muy por el contrario, recibí amables atenciones, desinteresadas orientaciones y agradables presentaciones visuales de productos artesanales del país, y no de países vecinos, o de China.
Mientras caminaba desaprensivamente, entré en un restaurante higiénico y bien atendido, con un menú sobre la base mayoritaria de platos típicos. E ir a un aseo, gratuito para clientes, pero por paga para visitantes, tan limpio y bien dotado como el mejor.
Pregunté quién administraba esta zona tan agradable y me dijeron el Ayuntamiento, apoyado por los vecinos, comerciantes y propietarios de los inmuebles, en colaboración plena en pro del potencial comercial y el agrado urbano de la zona.
Terminé la visita al final del día preguntándome que nos hacía falta para llenar el puerto de Santo Domingo, o el de Puerto Plata u otra ciudad del país con barcos repletos de turistas. Recordé todo lo pensado y vivido a lo largo de ese día, y ahí mismo encontré la respuesta.
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