Por Julio Disla
En política internacional no existen los vacíos: cada acusación cumple una función. La intriga más reciente la idea de que Delcy Rodríguez habría traicionado a Nicolás Maduro no surge de una investigación independiente ni de pruebas verificables, sino de la narrativa del propio agresor: Donald Trump. Y aquí conviene detenerse: ¿desde cuándo Trump se convirtió en un testigo creíble?
Trump es un convicto y un manipulador sistemático del lenguaje político. Mintió sobre Gaza, Ucrania y Venezuela; sobre migración, fentanilo, cocaína, cárceles y manicomios; miente sobre aranceles, sanciones y resultados. Trump, el “creíble”, es una construcción mediática útil para su propio consumo interno. Por eso, cuando insiste en que Delcy “colabora”, no describe un hecho: ejecuta una operación psicológica.
¿Para quién habla Trump?
No habla para convencer a los venezolanos; habla para tranquilizar a los estadounidenses. Necesita proyectar control absoluto, asegurar que no habrá “caos el día después” de una agresión mayor y vender la imagen de un mando omnipotente. Decir “yo controlo” es su coartada para ocultar una verdad incómoda: no controla el terreno político venezolano.
Intriga como método
La intriga es barata y eficaz. Sembrar sospecha dentro del chavismo dirigente busca forzar quiebres internos, erosionar confianzas y presentar la fractura como un hecho consumado.
De ahí la paradoja: amenaza a Delcy con un “destino peor” al mismo tiempo que afirma que está cooptada. Si la cooptación fuera real, la amenaza sobraría. La intimidación delata debilidad, no fuerza.
El límite real de Trump
Trump no puede garantizar el orden interno en Venezuela sin una ocupación al estilo Irak, una opción que no quiere ni puede asumir.
El único actor que hoy garantiza gobernabilidad es el chavismo. Y Trump lo sabe. Por eso intenta apropiarse discursivamente de decisiones que el chavismo tomaría por convicción propia, presentándolas como obediencia. Es propaganda dirigida a su audiencia doméstica.
La “transición” tutelada: una ficción
Trump habla de una transición ejecutada por el propio chavismo, pero tutelada por Estados Unidos, sin plazos claros, con promesas de petróleo e infraestructura primero, y elecciones después si acaso.
Para sostener esa ficción necesitaba defenestrar a María Corina Machado y, al mismo tiempo, afirmar que “controla” a Delcy. No porque sea cierto, sino porque sin el chavismo no hay día después.
¿Por qué Delcy habla de respeto y cooperación?
Porque negociar no es rendirse. Delcy ha sido clara: Maduro está secuestrado, y su primera decisión como presidenta encargada fue crear una comisión para su liberación.
En cualquier secuestro, romper puentes es una irresponsabilidad. Se media, se negocia y se gana tiempo.
Además, Venezuela defendió los acuerdos energéticos con Estados Unidos incluso en los peores momentos, y respaldó la continuidad operativa de Chevron frente a nuevas sanciones.
Colocar intereses estadounidenses en territorio venezolano protege la propia industria petrolera de los vaivenes sancionatorios entre administraciones. Eso se llama realismo estratégico.
Maduro, bajo amenazas incluso mayores que las actuales, siempre insistió en el diálogo. Fue público y notorio. Delcy continúa esa línea, con un añadido clave: conoce la psicología de Trump, su narcisismo y su necesidad permanente de proclamarse vencedor.
Entiende que Trump prefiere decir “yo controlo” antes que admitir “tengo que negociar”. Y utiliza ese rasgo en favor del objetivo central: la liberación de Maduro y la preservación del orden interno.
La acusación de “traición” contra Delcy Rodríguez no prueba nada sobre Delcy; prueba mucho sobre Trump. Es chantaje discursivo, intriga para consumo interno y presión para fabricar un control que no existe. Confundir negociación con entrega es repetir el guion del agresor.
En tiempos de depredadores, la política exige leer el fondo, no la forma. Y el fondo es claro: Trump necesita al chavismo; el chavismo no necesita creerle a Trump.