Tres mujeres y un peluche: ¿Por qué un hombre tan peligroso puede convertirse en objeto de deseo?
- La disputa entre varias mujeres que se identificaban como parejas de Maycol “Peluche” abre una discusión más amplia sobre la normalización de la violencia, la fascinación por el poder criminal y los modelos de amor que circulan en las redes sociales.-
Santo Domingo.- La muerte de Michael Junior Rodríguez Peguero, alias “Michael el Peluche”, señalado por las autoridades por su presunta vinculación con hechos delictivos, dejó una escena que rápidamente pasó de la crónica policial a las redes sociales.
Tras conocerse su muerte, varias jóvenes que aseguraban haber sido sus parejas publicaron fotografías, videos, conversaciones y mensajes de despedida. La disputa llegó incluso a amenazas entre ellas por quién tendría derecho a despedirlo durante el sepelio.
El episodio plantea una pregunta que va más allá de determinar quién era la pareja “oficial”: ¿cómo una persona señalada por hechos violentos puede convertirse, al mismo tiempo, en una figura de admiración, deseo o disputa amorosa?

No se puede afirmar que esas jóvenes respaldaran los delitos que se le atribuían, pero el caso sí permite observar una contradicción: la conducta criminal de una persona puede quedar separada de la imagen afectiva que construyen quienes se relacionan con ella.
Cuando el peligro también atrae
Esa contradicción no es nueva. Aldona B. Pobutsky, en Romantizando al verdugo: las novelas sicarescas Rosario Tijeras y La Virgen de los sicarios, publicado en Revista Iberoamericana en 2010, analiza cómo la literatura representa al sicario y relaciona en esos personajes la violencia, el deseo, el poder y la muerte.
Su estudio muestra cómo una figura vinculada al crimen puede adquirir atractivo dentro de determinados imaginarios.
El caso Peluche permite mirar esa idea desde una realidad dominicana: qué ocurre cuando el peligro, el poder, la reputación o la pertenencia a un entorno criminal no eliminan el atractivo de una persona, sino que pueden formar parte de la imagen que se proyecta sobre ella.

La distorsión del amor, sin embargo, puede comenzar mucho antes de la delincuencia. Los celos pueden presentarse como interés; revisar el teléfono, como preocupación; controlar las amistades, como protección; y la posesividad, como compromiso.
La terapeuta familiar y de pareja Miosotis Grullón, citada por El Día, ha advertido sobre la forma en que las redes convierten comportamientos de control, manipulación y celos extremos en contenidos que pueden terminar percibiéndose como normales.
Es decir, la misma lógica que puede hacer atractivo al “hombre peligroso” puede aparecer, en menor escala, cuando se presenta al hombre controlador como un hombre que ama demasiado.
Del hombre “tóxico” al hombre poderoso
Aquí las redes sociales adquieren un papel nuevo. Los “likes”, comentarios, reproducciones y videos convierten comportamientos privados en espectáculo.
Una amenaza puede transformarse en contenido; los celos pueden convertirse en una escena romántica; y la imagen de un hombre vinculado al peligro puede adquirir una estética de poder.

La viralidad no crea por sí misma la violencia ni demuestra que quienes reaccionan a esos contenidos los aprueben. Pero sí puede amplificar modelos de conducta y convertirlos en referentes visibles, especialmente cuando reciben atención, comentarios y reconocimiento.
El caso Peluche muestra precisamente el extremo de esa lógica: un hombre señalado por hechos criminales que, después de morir, aparece en publicaciones de duelo y disputa sentimental. El delito y la identidad romántica terminan coexistiendo en la misma imagen.
Las reglas no siempre son iguales
La distorsión también aparece en la forma en que se entiende la fidelidad. Un reportaje de El Día recoge la explicación del sociólogo Celedonio Jiménez sobre los mensajes culturales que establecen expectativas diferentes para hombres y mujeres.
La infidelidad masculina puede llegar a ser relativizada bajo la idea de que “todos los hombres son infieles”, mientras a las mujeres se les exige otro comportamiento.
La terapeuta Neolfis de León también relaciona la tolerancia de algunas mujeres adultas ante la infidelidad masculina con esa construcción cultural.
Esto importa para el caso Peluche porque permite ampliar la pregunta: si una sociedad puede normalizar la infidelidad masculina, también puede existir un contexto cultural capaz de relativizar otros comportamientos asociados con determinados hombres, incluido su vínculo con ambientes violentos o delictivos.
No significa que una cosa produzca automáticamente la otra. Significa que ambas pueden formar parte de una misma discusión sobre los límites que una sociedad establece dentro de las relaciones.
El dinero, el poder y el atractivo
El caso de Sobeida Félix Morel y José David Figueroa Agosto aporta otra pieza a ese mismo rompecabezas. Los reportajes publicados sobre Sobeida describieron su acceso a apartamentos, vehículos, dinero y bienes de lujo vinculados al entorno de Figueroa Agosto.
Pero aquella historia también estuvo marcada por otra relación: Figueroa Agosto mantuvo vínculos sentimentales simultáneos con Sobeida Félix Morel y Mary Peláez, un elemento que convirtió su vida personal en parte de la investigación periodística sobre la red que encabezaba.
Ese antecedente permite establecer un vínculo más directo con el caso Peluche. En ambos episodios aparece un hombre asociado a un entorno criminal y, alrededor de él, más de una mujer vinculada sentimentalmente.
Las circunstancias son distintas y no deben equipararse, pero ambos casos permiten examinar cómo una relación afectiva puede desarrollarse alrededor de hombres cuya identidad pública está asociada con dinero, poder, peligro o delincuencia.
En el caso de Sobeida, ese poder estaba asociado al dinero, el lujo y el acceso a bienes que estaban fuera de su realidad anterior. En el caso Peluche, la imagen está vinculada a otro tipo de poder: reputación, peligro, pertenencia a un grupo y reconocimiento dentro de un ambiente donde la violencia forma parte de la identidad.
Son escenarios diferentes, pero ambos permiten formular la misma pregunta: ¿puede el poder convertirse en un componente del atractivo de una relación?
El lugar donde se aprende a mirar
La clase económica tampoco puede utilizarse como explicación única. ONU-Hábitat relaciona desigualdad, exclusión y violencia, pero advierte que pobreza y criminalidad no son equivalentes.
La situación económica puede modificar las oportunidades, el acceso a servicios, las redes de apoyo y la exposición a determinados ambientes, pero no determina que una persona vaya a tolerar o admirar la violencia.
Por eso, el caso Peluche debe observarse junto con el entorno en el que se desarrollan esas relaciones.
La educación, los modelos familiares y los mensajes recibidos sobre lo que significa ser hombre o mujer pueden influir en las expectativas sobre la pareja.
El sociólogo Celedonio Jiménez, citado por El Día, explica precisamente cómo esas diferencias pueden comenzar desde la infancia, mientras Miosotis Grullón advierte sobre el papel de las redes en la normalización de conductas que deberían funcionar como señales de alarma.
No se trata de afirmar que una persona que crece en un ambiente violento necesariamente será violenta o elegirá una pareja violenta. Se trata de reconocer que las ideas sobre el amor no nacen en el vacío.
El territorio también forma parte de la historia
La criminalidad tampoco se distribuye de manera uniforme en República Dominicana. Los informes de la Policía Nacional muestran que los homicidios y otros delitos presentan diferencias entre territorios, por lo que el lugar donde se desarrolla una vida cotidiana también puede formar parte del contexto social que rodea determinadas relaciones.
Ese dato permite incorporar al análisis una pregunta concreta: ¿qué ocurre cuando las relaciones afectivas se desarrollan en comunidades donde la exposición al delito y a la violencia es mayor que en otras?
El territorio no determina el comportamiento de sus habitantes, pero sí puede marcar diferencias en el nivel de contacto cotidiano con determinados fenómenos criminales.
Por eso, los datos sobre homicidios y delincuencia pueden ayudar a ubicar socialmente casos como el de Peluche, sin convertir la residencia en una explicación automática de las conductas individuales.
La ubicación, el nivel de desarrollo, las oportunidades económicas y la exposición a la criminalidad son variables que pueden estudiarse conjuntamente, pero ninguna de ellas explica por sí sola por qué una persona establece o mantiene una relación con alguien vinculado al delito.
Cuando el amor pierde sus límites
El caso de Peluche vuelve al principio. Tres mujeres disputándose públicamente el lugar de pareja de un hombre señalado por hechos delictivos no permiten juzgar a todas las mujeres ni explicar por sí solas un fenómeno social.
Pero sí colocan frente al país una escena difícil de ignorar: el duelo, el deseo, la rivalidad y la imagen de un hombre vinculado al crimen aparecen mezclados en un mismo espacio público.
Ahí está la verdadera distorsión del amor. No en sentir afecto por una persona que ha cometido errores, sino en el momento en que la violencia, el poder, el peligro, el dinero o la reputación criminal comienzan a formar parte de los atributos que hacen atractiva a esa persona.
Las redes pueden amplificar esa imagen. Los modelos culturales pueden justificarla. La desigualdad puede formar parte del contexto. La educación y la familia pueden influir en las expectativas. Y determinados ambientes pueden hacer que la violencia resulte menos excepcional.
La pregunta final no es por qué esas mujeres lloraron a Peluche.
Es qué se está convirtiendo en atractivo dentro de una sociedad que observa, comparte y recompensa determinados contenidos con atención y reconocimiento.
Porque cuando los “likes”, la viralidad y la admiración convierten al hombre violento en personaje, el riesgo no está solamente en la conducta de una persona.
Está también en que la sociedad termine perdiendo la capacidad de distinguir entre lo que debe provocar alarma y aquello que merece admiración.
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