Tráfico de niños
La noticia de que autoridades dominicanas rescataron a diez niños haitianos que, víctimas del tráfico humano, tenían como destino la República Dominicana, asaltó las páginas de los medios de comunicación en la región y a nivel continental.
No se trata de un caso único.
Los niños, seis hembras y cuatro varones, entre cuatro y nueve años, venían desde Haití, entregados por sus padres a una pareja.
La entrega se produjo para que los niños encontraran en la República Dominicana un mejor destino, que se traduce en garantía de alimentación, educación, y salud.
En el país hay cientos de niños, dominicanos y de Haití, que deambulan por las calles, que viven en condición de mendicidad; y piden, ajenos a la tutela o celo de las autoridades dominicanas, que prestas procedieron a un rescate y protección.
Algo de lo que no gozan los niños nacionales; o los haitianos, que entre cuatro y nueve años, son pequeños pordioseros.
Ese sería el destino de los diez niños haitianos rescatados por las autoridades dominicanas.
En el país no hay protección real para la niñez desamparada. No hay alimentos, viviendas o educación posible para que cientos de miles de niños no vivan en el desamparo absoluto.
El tráfico de niños desde Haití puede ser doloroso, pero en República Dominicana no hay remedio para ese dolor; y menos después del pasado terremoto que arrasó con nuestro vecino, dejando a un impresionante número de familias en la indigencia total.
El rescate de los infantes haitianos merece nuestro reconocimiento, pero hay que duplicar la sensibilidad social y las ayudas necesarias para nuestros propios niños.
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