Todas podemos ser Esmeralda

Lady Reyes, directora de Encuentros Interactivos.
Lady Reyes, directora de Encuentros Interactivos.

Hay noticias que una escribe desde la distancia y otras se sienten cercanas. El caso de Esmeralda Moronta me golpeó más porque tuve la oportunidad de conocerla, pues en ocasiones contraté sus servicios y siempre encontré en ella a una mujer trabajadora, responsable y apasionada.

De esas personas que, aun en medio del cansancio, mantenían el buen ánimo, la disposición de ayudar y esa costumbre tan suya de dar siempre la milla extra.

Detrás de los titulares, imágenes virales y estadísticas, había una mujer llena de vida, madre, profesional con sueños y con gente que hoy la llora desde la impotencia. Y quizá ahí está una de las partes más dolorosas de esta tragedia: Esmeralda hizo lo que se les dice a las mujeres que hagan: denunció, solicitó ayuda, acudió a las autoridades, expresó miedo e intentó protegerse.

Pero no volvió viva a casa.
En medio de la indignación que ha generado este caso, en el fin de semana circuló un documento que agrega más leña y estremece: el acta del Ministerio Público donde se deja constancia de que ella como víctima no acepta asistir a una casa de acogida y donde prácticamente se establece que, si regresaba a su hogar, la institución no se hacía responsable de lo que pudiera ocurrirle.

Y entonces me pregunto: ¿En qué momento la protección terminó convirtiéndose en una advertencia? La realidad es que seguimos leyendo sobre protocolos, capacitaciones, estrategias y medidas preventivas, pero en la práctica muchas mujeres continúan sintiéndose solas y vulnerables, incluso después de pedir ayuda.

El peso de sobrevivir parece recaer únicamente sobre ellas: abandonar su casa, esconderse, huir y cambiar rutinas, mientras el agresor sigue teniendo acceso, tiempo y oportunidades… Hay algo profundamente doloroso en saber que una mujer puede entrar a una fiscalía con miedo y salir para encontrarse con la muerte.

Y después…
Aunque este caso hoy ocupa titulares y genera debates, la verdad es que no es un hecho aislado. Las cifras de feminicidios siguen aumentando y, con cada historia, la sociedad vuelve a estremecerse por unos días antes de continuar su curso, pero las familias quedan rotas, los hijos quedan marcados y las mujeres continúan viviendo con un miedo disfrazado de precaución.

Lo más aterrador es que casos como el de Esmeralda nos obligan a pensar en amigas, familiares, compañeras de trabajo o vecinas… o incluso en nosotras mismas, porque cuando una mujer es asesinada luego de buscar ayuda, el mensaje que recibe la sociedad es devastador.

Si las cosas siguen como van, todas podemos ser Esmeralda. Y no lo digo desde el alarmismo, sino desde una realidad que duele.

Duele porque ninguna mujer debería sentir que denunciar puede no ser suficiente, porque ninguna institución debería limitarse a documentar el peligro sin poder detenerlo y porque se está normalizando vivir con miedo.